LOS POETAS, AMOR MÍO

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Hace décadas publiqué un poemario que me ha dado satisfacciones y también algunos dolores de cabeza. El maestro Enrique Medina Flórez lo presentó en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, en 1995, como “Un libro con un extraño perfume a Infierno”. Así comenzó su camino Burdelianas y aún hoy, para mi sorpresa, en algún reverso de la noche alguien recita en voz baja alguno de estos poemas. El ICBA editó por entonces la antología “9 escritores boyacenses” y cuenta Guillermo Velásquez Forero, quien estuvo a cargo de esta recopilación, que los impresores censuraron mis textos, por inmorales. Y quizá tenían razón.

Había en esa Tunja un lugar mágico que de manera genérica podríamos llamar “el bar de Ana”, en donde se escuchaba la mejor salsa del mundo. Se llamó “La rueca”, “Azúcar”, “Caramelo”… y otros apelativos que ahora no recuerdo. Estaba yo en la barra de ese bar, solo, cuando a mi lado se sentó un señor canoso y con prisa. Al aclararle que yo no compartía sus apetencias, esgrimió, confiado, el que pensó era un argumento definitivo: ¿Y luego usted no es el autor de las Burdelianas?

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Por esos años nacieron mis hijas y por un momento (cosas de la juventud), se me atravesó la pregunta sin sentido de qué irían a pensar ellas cuando leyeran mi libro. Natalia, mi hija mayor, quien es maestra en artes plásticas, respondió ese interrogante realizando una serie de grabados alusivos a los poemas, los cuales quizá algún día hagan parte de una segunda edición de Burdelianas.

Lo anterior deja claro que los lectores (y en ocasiones los mismos autores), tienden a confundir la obra del escritor con su propia vida, olvidando que la literatura es ficción, o como bien lo expresa Sergio Ramírez: una Mentira verdadera que toma elementos de la realidad, de la imaginación y de la fantasía, pero que está lejos de suplantar esa realidad de la cual se nutre. Y tampoco se trata de eso.

Jorge Luis Borges lo expresa con claridad en el prólogo a su edición de Cuentos rusos, dice: «Fatalmente imaginamos a Dostoyevski (1821-1881) como un personaje de Dostoyevski. Su vida incluye la pobreza, la conspiración, la condena, el encarcelamiento en Siberia, la humillación, el alcohol, el juego, la epilepsia y, como la de todos los hombres, la ventura y la desventura, pero tales hechos, que parecen confirmar nuestra primera imagen, quedan anulados por uno solo: su vasta y múltiple labor literaria». (Borges, Prólogos Biblioteca de Babel).

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Sí, al final sólo queda la obra. A veces ni eso.

Siempre me ha generado una especie de terror apocalíptico la facilidad con la que lectores y editores olvidan a los escritores. A algunos. Tengo la sensación, y ojalá esté equivocado, que figuras relevantes de la literatura colombiana; Manuel Mejía Vallejo, por ejemplo (quien en su tiempo ocupó muchos espacios), ya no se leen, ni se publican. Qué decir de otros como Germán Espinosa, o de nuestro paisano, R.H. Moreno Durán que cada vez más se difuminan en ese país del olvido. Pareciera que en su tumba no sólo pusieron su cadáver, sino también sus libros, quedando relegados a las revisiones de académicos, estudiantes de literatura, y de algunos lectores fieles. Ripostaría R.H, con una sonrisa: “Pero nadie nos quita lo bailado”. Y tendría toda la razón.

Sí, al final la vida es lo que importa. Y bien sea que esa vida nutra su obra, o no, la verdad es que el escritor (como todos) no tiene nada más. La obra, ajena a quien la escribió, seguirá su camino. Así lo deja claro Raúl Gómez Jattin en el poema del cual tomo el título para esta columna.

Dice:

«Los poetas, amor mío, son
Unos hombres horribles, unos
Monstruos de soledad, evítalos
Siempre, comenzando por mí.
Los poetas, amor mío, son
Para leerlos. Mas no hagas caso
A lo que hagan en sus vidas».

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Publicado originalmente en
el Periódico EL DIARIO

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