Cuatro acordes para Roque Dalton

Foto / Pixabay [1]

 Words are very unnecessary
They can only do harm.
Depeche Mode, Enjoy the silence

Uno
1995

Anna vive en La Macarena, tiene un labrador dorado que se llama Axl y un tatuaje que sube por su cuello y termina en su oreja derecha. Es un dragón azul-amarillo y verde al que sólo se le ve la cola. Anna ya cumplió diecisiete años y estudia artes en la Nacional. La amo desde la primera vez que la vi, pero ella no lo sabe.

Es la hermana mayor de Mario, mi mejor amigo del San Bartolomé. Cuando él me pidió que fuera a su casa para estudiar las guías de inglés, no imaginé que mi vida iba a cambiar para siempre. Ahora sé que las cosas importantes pasan así, sin más. En realidad lo sabía desde antes pero nunca me había puesto a pensar en eso. La muerte de mi mamá, por ejemplo. Estaba subida en una escalera regando unos helechos, se resbaló y se abrió la cabeza con el borde de la alberca. Yo entonces tenía seis años y no me acuerdo muy bien de lo que pasó. Mi papá es quien me cuenta. Pero estaba hablando de Anna. Le dije a Mario que por qué no me había contado que tenía una hermana tan bonita y me respondió que ella no era su hermana.

—Anna es hija del primer novio de mi mamá, un músico que se fue de gira con una banda de rock y no regresó nunca.

—Igual es tu hermana.

—Sí y no, porque somos muy diferentes.

Y es cierto. Mario tiene quince años, como yo, pero se comporta como un viejo. El papá de Mario es contador y trabaja en una agencia de seguros. La mamá no trabaja, pero nunca está en la casa. Se la pasa haciendo cursos de todo: pintura, cerámica, joyería.

—Mi mamá es igualita a Anna —dice Mario, como si ella fuera la mamá y no lo contrario.

Anna es bajita, tiene el cabello negro y lacio, la piel blanca y los labios carnosos y rojos. Casi siempre usa bluyín y camiseta. Sus ojos algunas veces son miel, otras cafés y otras amarillos. Recuerdo cuando me miró por primera vez. Con Mario fuimos a la cocina a buscar un jugo y ella estaba allí.

—¿Cuántos años tiene tu amigo? —preguntó.

Mario no le contestó. A mí me comenzaron a sudar las manos y se me fue la voz. Ella sonrió, me miró sin reflejar ninguna emoción, y salió de la cocina.

—Chinos mudos y groseros —dijo.

El resto de la mañana se la pasó en una hamaca, en el patio, fumando y hablando por teléfono (cuelga, apaga el cigarrillo en una matera, maldice, se pone los audífonos, se recuesta de nuevo, se queda mirando el cielo, busca debajo de la hamaca la cajetilla dorada de Philip Morris y prende otro cigarro, le da una calada lenta y marca otra vez… Su música, a pesar de los audífonos, llega hasta donde estamos. Casi siempre suena la misma canción: Light my fire de los Doors).

No he dejado de mirarla ni un momento, no puedo. Terminamos la última guía y Mario dice:

—El novio la dejó plantada.

Sonríe, recoge los libros y se va para su cuarto a jugar Nintendo. Yo me tomo un vaso de agua fría y decido ir hacia ella.

—Dieciséis —digo.

Anna tiene los ojos cerrados y mueve la cabeza al ritmo de la música. Pienso en quitarle uno de los audífonos para que me escuche pero no soy capaz. Doy media vuelta y me voy a buscar a Mario. Antes de salir del patio escucho su voz:

—¿Cómo te llamas?

Me quedo quieto, como si un rayo me hubiera petrificado. Sé que eso no es posible pero así me siento.

—Roque Dalton —digo. Las palabras salen de mi boca contra mi voluntad.

Volteo y ella está de pie, al frente mío. Me ofrece un cigarrillo y nos sentamos en una de las escaleras del patio.

—¿Has ido a Rock al Parque?

No sé qué es Rock al Parque, estamos a finales de bimestre y apenas nos queda tiempo para estudiar. Anna me cuenta que desde el viernes Bogotá ha estado poseída por el rock. ¡Han sido tres días de locura!, grita. Los ojos le brillan. Se queda mirándome y pregunta:

—¿Te gusta el rock?

Le digo que sí. No es del todo cierto pero si en ese momento me hubiera preguntado si quería almorzar con Racumín le habría contestado que sí. El cigarrillo me hace toser. Ella habla de las bandas que se han presentado en el Parque Olaya Herrera, en La Media Torta, en el Parque Simón Bolívar, pero yo no la escucho: estoy hipnotizado por su lengua que parece la continuación del tatuaje que sube por su cuello.

—Pero hoy lunes, en la Plaza de Toros, será la locura —dice—. Se presenta Agony, Catedral, Marlo Hábil, 1280 Almas, La Derecha, Aterciopelados, Seguridad Social y Fobia, para el cierre.

Cuando ella dice “Agony” yo ya no estoy en este mundo. De su lengua he pasado a su cuello y de allí a esos senos pequeñitos que suben y bajan en su pecho en donde guarda un corazón de oro puro. Imagino el paraíso que recorre el tatuaje del dragón hasta que llego a su tobillo izquierdo: tiene una cadenita de plata y varios dijes de hagamos el amor y no la guerra.

—¿De verdad tienes dieciséis años…? ¿Me estás escuchando?

Con su mano derecha me toma la barbilla y hace que la mire. Su mano fría y suave me regresa. De nuevo soy de este mundo mortal.

—No, pero los cumplo en diciembre.

Ríe.

Al final va al concierto con unos amigos de la universidad. Me pide que cuide a Axl, me explica qué debo hacer, a qué hora debo darle la comida y demás detalles para que esté bien. A cambio me da un beso en la mejilla, cerquita a los labios, me deja los cigarrillos que le quedan y me presta el discman.

El martes en la noche, cuando voy a dejar a Axl, ya fumo sin toser y me sé de memoria todos los temas de los Doors.

—Eres lindo —dice— y tienes un nombre raro que me gusta.

Nos despedimos. Medio beso queda en mis labios. 

 

Dos
1999

Este año se acabó el mundo, pero su derrumbe había comenzado antes.

—¿Sabías que me llamo así por una canción de los Beatles?

Eso me dijo Anna, hace cuatro años, después del concierto en la Plaza de Toros. Aquella tarde no solamente fue una locura, como ella había dicho, sino que además conoció a su papá. Su mamá se lo presentó y estuvieron hablando los tres hasta bien entrada la noche. Él le develó el secreto de su nombre. Al día siguiente continuó con una gira por América Latina pero prometió estar en contacto. Y cumplió: el 12 de diciembre de 1995 Anna se fue a vivir con él a Ciudad de México. Yo me quedé con Axl, su labrador dorado que ahora es mi perro.

Pero hoy, 18 de octubre de 1999, ha sido el fin. Abrí mi correo de Latinmail y el mensaje estaba ahí, mortal: Roque, el próximo martes me caso, siempre voy a recordar lo nuestro. Después habla del novio, un pintor famoso mucho mayor que ella. Incluso me envía una foto de la casa en la que van a vivir en España.

¿Qué había sido lo nuestro? Nada.

Nunca fuimos novios pero nos besamos en la boca. Ella se aficionó a acariciarme el pelo y me pidió que me lo dejara crecer: tres meses después ya podía hacerme una coleta. También me tatué una lagartija en el brazo derecho, azul-amarillo y verde como el dragón de Anna, y me pasé al colegio de la Nacional. Mario dejó de ser mi amigo pero yo ni siquiera me di cuenta. Mi mundo solamente estaba habitado por Anna. Hasta hoy.

Apago el computador pero la frase sigue taladrando mi cerebro: “el próximo martes me caso”. Prendo un cigarrillo y salgo de la casa decidido a ir al concierto en donde va a tocar Julieta Venegas. Este año Rock al Parque invitó a todos los grupos que me gustan: Julieta, Café Tacuba, Molotov, Control Machete, Guillotina y Las Víctimas del Doctor Cerebro. Nunca he ido a Rock al Parque porque, en secreto, había prometido ir con Anna, cuando volviera.

Camino tres cuadras hasta la tienda en donde sé que venden Philip Morris y compro un paquete. Ahí me encuentro con gente de la universidad. Ya estoy en sexto de sociología, escribo poemas y participo en un taller literario.

—Roque Dalton, el colombiano —saludo, cuando estoy de buen humor. Hoy no digo nada.

Nos quedamos tomando cerveza. Todos son rockeros fracasados. Todos han querido tocar en Rock al Parque pero no han pasado las pruebas.

—Acabamos de armar un nuevo grupo, ahora somos la Moacir Barbosa Band. ¿Sí sabe quién es ese tipo?

No sé ni me importa. La frase de Anna en mi cabeza no me deja escuchar nada diferente al próximo martes. Me cuentan que fue el arquero de la selección de Brasil al que le hicieron el gol de la victoria paraguaya en el Maracanazo.

—Al pobre tipo le cobraron caro ese gol.

—Estaba escrito en las estrellas.

—Nos conocimos en un platanal.

—Voy a presentarte a mis amigos de marte.

No sé de qué hablan. Ahora estamos bebiendo Havana Club: Para celebrar al poeta, dice uno que estudia economía en los Andes y que no recuerdo cómo se llama.

—El 31 el Y2K va a acabar con todo —dice otro.

Ojalá, pienso. Enciendo otro cigarrillo y me pongo a hacer anillos de humo que me salen mal.

Este año tampoco fui a Rock al Parque.

 

Tres
2007

Le tengo fe a la edición No. 13 de Rock al Parque. Este sí va a ser. Hace cinco años que me gradué y dos que murió mi papá. En la oficina ya se acostumbraron a mi melena. Ahora soy director de recursos humanos.

Cuando entro la veo en la sala de espera, junto a la demás gente que viene a pedir trabajo. Está igual de linda que la última vez, pero un poco pálida. Me abraza, llora.

—Vine por Axl —dice.

Reímos. Ese día no trabajo y nos dedicamos a caminar la ciudad. Ella me cuenta su vida. Lo del español duró unos años y después se dedicó a recorrer el mundo. A pintar. A trabajar en cerámica. Me dice que me trajo un regalo pero que está en la casa de su mamá: La lengua de Mick Jagger, la original. Reímos otra vez. Me encanta verla feliz. Le digo que en dos semanas será Rock al Parque, la invito.

—¿Qué edad tienes?

—Doce de estar sin ti.

Al final de la tarde vamos a mi casa, a ver a Axl.

El sábado 3 de noviembre la despierto con un beso. Nada raro, así han sido estos días que llevamos juntos. Axl le lame la cara y la abraza más fuerte que yo. Finalmente somos una familia. En días pasados fuimos a comprar ropa para ir a los conciertos. Anna encontró un chaleco con los nombres de sus bandas preferidas bordadas en hilo brillante. Está feliz. Almorzamos en la casa y nos preparamos para salir.

Llueve. En el techo del garaje suenan las primeras pedradas. El cielo de Bogotá se cae en pedazos. Las bolas de granizo son tan grandes como las manos de Anna. Axl ladra y la jala hacia adentro. Nos metemos en la cama y prendemos la tele: daños en carpas y techos, equipos mojados y adolescentes jugando en las temporadas de invierno de Rock al Parque. Hacemos el amor durante toda la tarde y antes de dormir ella dice:

—Semanas atrás me diagnosticaron cáncer de seno.

 

Cuatro
2014

Axl cumplió veinte años, como Rock al Parque, y al fin estoy aquí. Recargado en la baranda, en la zona V.I.P, veo pasar a la gente. Un tipo de unos treinta años, cabello lacio y barba rala se queda mirándome. Lleva una cerveza sin alcohol en su mano derecha y en la otra un celular. Se acerca y me dice:

—¿Has visto a Silvana?

No sé quién es Silvana. Se acerca más y casi en mi oído murmura:

—Ella anda con un osito de peluche.

Segundos después desaparece.

El encuentro me molesta pero me ha servido para enterarme de que al fondo, con la escarapela de Prensa, puedo pedir cerveza. Voy hacia allá. Es el lunes 18 de agosto y más tarde va a tocar Molotov. Finalmente voy a ver una de las bandas que me gustan.

Axl ha estado muy triste desde el entierro de Anna. Yo, para recordarla, me he cogido la melena con una cinta rosada. Fumo un cigarrillo detrás de otro. En la cajetilla de Philip Morris advierten que la nicotina mata. Pero que sea rápido, pienso. Recuerdo a Axl y sé que no tengo derecho a morirme todavía.

Molotov suena lento y no me sé ninguna canción. Al final cantan Puto y hago el intento de saltar. Me siento ridículo. Me voy. A la salida me advierten que cuide la escarapela porque afuera las están robando. Leo el nombre que está escrito allí: Santiago Navas (el encargado de las relaciones públicas en la oficina). Me abotono la chaqueta, enciendo otro cigarrillo y pongo cara de Santiago Navas. Camino, el aire está sucio. Entro a otra noche sin asidero.

* * *

 

 

[1] Premio Rock al Parque 20 años / 2014. Este cuento fue publicado en la revista El Malpensante, edición Nº 164 /
junio 2015, y después hizo parte de mi libro Dalila Dreaming, 2015.

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