FORMAS DE MORIR – Microrelatos

 

Imagen │Pixabay

#1

Le pregunté de qué manera deseaba morir. Sin titubear, contestó: Baleado en el restaurante de un centro comercial, al mediodía. Después de unos segundos de pesado silencio, añadió: Así tendré la certeza de que alguien se entera.

 

 

 

 

 

 

Imagen │Pixabay

#2

Le escribió para pedirle que se vieran una vez más. La última. Apasionado, le recordó su historia de amor. Le dijo que la amaba igual que el primer día feliz que vivieron juntos, y quizá más.

Ella lo dejó en visto.

 

 

 

 

 

 

Imagen │Pixabay

#3

Sabía que no podía pedir otra botella, pero el vicio pudo más y la pedí. Mr. Hyde, sonrió. Al poco rato todo lo que soy, ya no era.

Pasó la noche acosando a mis amigos y, al final, se ensañó con ella, con la única mujer que él y yo hemos amado: la llamó, le puso mensajes en sus redes sociales, le dedicó canciones y poemas, hasta que ella lo bloqueó de todas las formas posibles.

Exprimió las últimas gotas de licor, insistió. Nada. No quedaba nada de nada.

Retomó su liturgia: repitió su nombre, en voz alta, invocándola, la insultó, dijo que ella era el amor de su vida, el único, la hundió en el Infierno y chupó de nuevo la botella vacía.

Intentó llorar y sus ojos, estériles, se hundieron en un infinito desierto. Finalmente, cuando el sol ya alcanzaba su punto más alto en el cielo, se tendió en mi cama y, al instante, se quedó dormido. Parecía un angelito.

Cuando desperté, había desaparecido.

 

 

 

 

 

 

Imagen │Pixabay

#4

A pesar de todo, ella permitió que la tomara de la mano y, juntos, caminaron la noche de aquella playa. Indelebles, en la arena dejaron sus huellas, unas al lado de las otras, con la certeza no dicha de que aquella sería la última ruta que el desamor no se iba a tragar. Al día siguiente, ya sólo fueron silencio.

 

 

 

 

 

 

Imagen │Pixabay

#5

Ella era su reina. Él la amaba y para ser parte de su vida dio las batallas que surgieron en su camino.

Cuando pensaron que iban a ser felices para siempre, un inesperado movimiento los sacó del tablero. Se dieron cuenta, entonces, que sólo eran piezas de valor estratégico, fichas de un juego dirigido por otros en el que su amor ya no tenía cabida.

 

 

 

 

 

 

Imagen │Pixabay

#6

La noche lo sorprendió aún en la cama. Miró el reloj: 8:30 p.m. Salió en busca de comida. El frío le golpeó el rostro. Encendió un pielroja y caminó, despacio, procurando no pensar en ella. El silencio le anunció que las calles estaban vacías: no había un alma, ni un carro, ni nada. Tampoco estaban los perros tristes en el andén del restaurante.

Regresó a su casa. Con los restos de su despensa preparó la cena. Brindó con agua.

—¡Feliz cumpleaños! —dijo—, y su voz sonó hueca en aquel gélido mundo sin gente.

 

   

 

 

 

 

Imagen │Pixabay

#7

Había vivido lo suficiente como para saber qué iba a pasar. Y sin embargo permitió el engaño: vio oro en lo que solamente era vacío; pronunció el nombre de ella, lo escribió y en sus labios se dibujó una sonrisa y fue feliz, como antes, cuando era feliz de verdad. Hasta que, sin ningún aviso, esa burbuja de jabón le explotó en el rostro, bomba atómica que lo dejó sin ojos —y sin corazón— para siempre.

 

 

 

 

 

 

Imagen │Pixabay

#8

En mitad del desierto comenzaron a cavar la tumba. El sol se ensañó con la espalda de aquellos improvisados sepultureros que, sin ningún escrúpulo, abandonaron su tarea, subieron a la camioneta, y dejaron el cuerpo del caído como entremés para los zopilotes.

 

 

©Carlos Castillo Quintero

* * *

157 total views, 3 views today

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *