NOCHES DE HUMO – Postales del #21N

1

Luciérnagas

Se encontraron en plazas, parques, colegios y universidades y comenzaron a marchar, en paz, cantando arengas que preludiaban el fin de aquel viejo orden de cosas y el advenimiento de uno nuevo, quizá no mucho mejor que el anterior, pero nuevo al fin de cuentas y cargado de esperanza. Eran jóvenes, en su mayoría, y algunos se dieron tiempo para un beso, antigua y prohibida moneda del Paraíso.

   Al llegar la noche, reunidos en la plaza mayor, ya no eran cientos, como al principio, ni  miles como lo fueron en la tarde. No, ahora eran un solo cuerpo y una sola voz inconforme. Sus manos hicieron música, su cabellera fue del viento y de sus labios brotó un cristalino manantial.

   Sin acuerdo previo, minutos antes del toque de queda, prendieron velas y veladoras, encendieron las linternas de sus celulares y, ante los atemorizados ojos de los gendarmes, se fueron convirtiendo en luciérnagas.

 

2

Presencias

Una gota de agua aún no contaminada, un insecto muerto en su nido y las ninfas que se alimentan de su cuerpo, un avión que pasa sobre una pequeña ciudad en la que no hay luz eléctrica, una flor voluptuosa que ha entregado sus pétalos a la lluvia, un soldado que intenta regresar a casa y no recuerda el camino, una estación de tren cerrada desde hace años en la que todavía ronda un vigilante y la sombra de un viajero que no sabe a dónde ir, un niño con gabardina que corre detrás de un barquito de papel que naufraga en una alcantarilla, una mosca en un vaso de leche, un adolescente que no es de este planeta y que aún no le ha contado a su novia que tiene poderes, un perro negro y juguetón al que llaman «Azabache», un anciano dormido frente a un televisor en el que pasan una película de zombis, una gata de tres colores que se cree la dueña del mundo y que realmente lo es, una mujer traslúcida que llora a su hijo desaparecido mientras un muñeco de plástico la consuela, un borracho triste que no tiene cómo pedir más; todos, todos, todos acompañan a los marchistas pero ellos todavía no lo saben.

 

3

The Walking Dead

Once mil zombis invadieron la ciudad. Se arrastraron hacia el norte, turbaron la paz de los que dormían, vandalizaron la noche y a su paso dejaron un rastro fétido.

   Zombis y no-zombis fueron presa de la vigilia. Los unos treparon por los enrejados de los conjuntos residenciales, y los otros —armados con machetes— les aguardaron dispuestos a rebanarles la cabeza.

   Fue una noche de humo y terror líquido. Una noche de llanto a media voz.

   Los picaportes del cielo se abrieron y los dioses que allí habitan presenciaron la tragedia. En el libro de la vida y de la muerte tacharon un nombre: el del titiritero.

 

4

Dilan

El que jugaba a las tortugas ninja le disparó, a quemarropa, e inauguró un Infierno en la parte posterior de la cabeza del muchacho. Sus compañeros, atónitos, vieron cuando se convirtió en uno solo con el asfalto.

   Dos días después volvieron a verlo, traslúcido, en la ceremonia en donde él y sus compañeros de curso se graduaban de bachilleres. La cascada de su sonrisa era igual que siempre, pero más pura. Sus ojos reflejaban la luz pálida de Bogotá y sus manos, impacientes, buscaban el cobijo de sus hermanas y de su mamá. Estaba triste, pero no lo dijo. Tenía miedo, y no supo cómo expresarlo. Después de la graduación regresó a su cama del hospital, puso en su morral la foto de su novia y se fue a vivir, para siempre, en las praderas del cielo.

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