LOS SUEÑOS DE ALICIA

Capítulo siete

Primero no soñaba, me acostaba y dormía durante horas como una piedra. En la vigilia, a ratos, leía el libro que me regaló el Padre Ricardo y me dormía de nuevo. Vivía aturdida con el olor a sábanas limpias, alucinada con la cama tan bien hecha. Llueve. Llueve. Bogotá-manantial, Bogotá-Torre Colpatria.

            Aquí no hay televisión, quizá por eso comencé a soñar. Primero fueron pequeñas cosas, comerciales, anuncios de refrescos, cosas así: Un niño corre por una calle estrecha detrás de una moneda que rueda, cuando ya casi la alcanza la moneda se va por entre una alcantarilla…«el Banco de Oriente, es más seguro» dice un gordo de corbata roja. Y eso era todo. Después tuve sueños más extensos, más enredados, más interesantes, hasta que llegué a soñar toda una película, o varias seguidas, como en el Metropol, pero mucho mejor.

            Me aficioné a soñar y me la pasaba en la cama hasta veinte horas diarias (menos los jueves que voy al confesionario, a escuchar Cocaine). Al despertar mi cabeza estaba llena de personajes, de intrigas; incluso podía dejar interrumpida alguna historia, para retomarla al día siguiente. Mi cabeza dormida era como un betamax: podía devolverme para ver algún pedazo que me hubiera gustado, o que no había comprendido bien, ¡una maravilla! Pero desde hace unas semanas no he vuelto a soñar películas. Ahora sueño documentales, entrevistas. No es tan entretenido como soñar cine, pero mucho mejor que los comerciales.

            La otra noche soñé que entrevistaban a Julio Cortázar, el autor del libro que estoy leyendo. Cortázar medía como 2.70 cm, y la entrevistadora a su lado se veía enana (y eso que él estaba sentado). La mujer le preguntó si no había considerado, ya que era tan alto, integrar algún equipo de baloncesto:

            —Sí, la liga francesa y la liga argentina me han hecho interesantes propuestas que estoy considerando, pero tengo que resolver primero algunos asuntos legales, señorita, porque como usted sabrá yo hace cerca de dos años que estoy muerto, y ese detalle, al momento de firmar contratos, complica las cosas.

            —Pero usted se ve muy saludable Julio (coqueta), ¿puedo llamarlo Julio?, en este horario, a las dos de la mañana, en nuestro programa todo pasa como en familia. Cuéntenos ¿cómo van sus asuntos del corazón? Sus millones de admiradoras en todo el mundo querrán (risitas), queremos saberlo.

            —Dígame Cortázar, es más cómodo para todos. Y lamento decirle que corazón ya no tengo.

            —(Seria) ¿Y la literatura?, díganos, maestro ¿algún nuevo libro?

            —No, eso se acabó. Mire mis manos, mi cuello (retira un poco la gabardina y le muestra), señorita, usted parece no darse cuenta de nada. Uno no puede escribir así, asediado por los gusanos.

            —Volvamos con el deporte. El deporte es salud ¿no le parece maestro?

            —No me diga maestro, con Cortázar es suficiente. En este planeta cercado por los vampiros de las multinacionales, y sin Fantomas, el deporte no es salud, es negocio, como la salud.

            —¡Negraaa! ¿A eso me trajo, a que le atienda la borrachera?, ¡mejor abra las piernas y pórtese bien!

            Los gritos me despertaron, en mi sueño. Me vi en la pieza del barrio Egipto, asustada, temiendo que el cielo se cayera sobre mi cabeza. Ya no podría volver a dormir. No podría retomar lo soñado. Llueve. Llueve. Bogotá-silbato, Bogotá-La Perseverancia. Mi mamá seguro abrió las piernas y se portó bien porque el tipo dejó el escándalo. Siempre es uno diferente, pero como si no lo fuera. Todos la tratan lo mismo. Antes llamaba a estos episodios «los ataques del pipí fantasma» porque los visitantes nocturnos siempre se iban antes del amanecer, y yo nunca les veía la cara, sólo sus espinazos de réptil. Meto la cabeza debajo de la almohada para no escuchar los jadeos. Huele mal. Frío. Frío. Bogotá-No-miente. Bogotá-Matatigres. Me quedo quieta. Cierro los ojos y me duermo. Contrario a lo que pensaba, vuelvo a soñar. Ahora Cortázar mide como 3,40 cm., quien le hace las preguntas es un tipo que usa unas gafas-culo-de-botella. La anterior entrevistadora permanece en el estudio, sentada en un sofá blanco, sonriente, y cada dos minutos se jala la minifalda:

            —Cortázar, para usted qué es lo fantástico —pregunta el gafufo, con suficiencia. (Cortázar lo mira, sonríe, y se acaricia la barba).

            —Lo fantástico es algo muy simple —dice—, que puede suceder en plena realidad cotidiana, en un mediodía de sol, en el metro, en este estudio… (se levanta y su cabeza roza el techo, ahora mide como 4,20 cm). Lo fantástico puede darse sin que haya una modificación espectacular de las cosas (le mira las piernas a la enana), es la indicación súbita de que al margen de las leyes aristotélicas y de nuestra mente razonante, existen mecanismos perfectamente válidos que nuestro cerebro lógico no capta (no le entiendo muy bien esta última parte) pero que en algunos momentos irrumpen y se hacen sentir (levanta a la entrevistadora y, con cuidado, la acomoda en su hombro, como si fuera una gata pequeña).

            —¡Suélteme maestro! ¡Suélteme!, mire que está lleno de gusanos —dice ella.

            —No me diga maestro —dice Cortázar, y sale del estudio a grandes zancadas, dejando tras de sí un reguero de rollizos gusanos. En medio del desorden que se ha formado, al tipo de las preguntas se le han caído las gafas-culo-de-botella y en cuatro patas tantea, por todos lados, a ver si las encuentra. Desde lejos parece un gusano más.

            —¡Bájese, idiota! —grita mi mamá y me despierta, otra vez.

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CARLOS CASTILLO QUINTERO
Alicia Cocaine
Premio Bienal de Novela Corta U. Javeriana , 2012

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