Día del Orgullo: Burdelianas / Peces de nieve

El 28 de junio se conmemora el Día del Orgullo, celebración que inicia en 1969 cuando en una redada en el bar Stonewall, en el barrio de Greenwich Village de Manhattan, en Nueva York, un grupo de hombres y mujeres homosexuales le respondieron a la policía que vulneraba sus derechos. En 1970 se celebró el primer desfile del Orgullo, como recuerdo de esas revueltas.

Yo, que solo atiendo a las fronteras de la sensibilidad, y que apoyo siempre aquello que haga parecer a la humanidad un poco más justa, he escrito textos que, a su manera, se unen a esta celebración: “Burdelianas” (Poemas, 1994) y el capítulo segundo de mi último libro, la novela “Peces de nieve” (2018).

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©Imagen / GrippArt

PECES DE NIEVE

Capítulo dos

Rapunzel

 

Esa hora sin luz en la que se ve tan poco que casi nos atrevemos a confesarlo todo.  

 Marguerite Yourcenar

Alexis o el tratado del inútil combate

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Mi infierno se resume en una frase: Nací en el cuerpo equivocado.

Tardé en llegar a este punto, porque no es fácil hablar de uno mismo, sincerarse, enfrentar la verdad. Resulta más sencillo citar un libro, o reseñar una película, muletas de la inteligencia que nos ayudan a decir lo que queremos decir. Para eso sirve la universidad, y la intimidad de una sala de cine. Sin embargo, que la luz se aproxime a la zona más oscura de tu alma, es otra cosa. Me pasa a mí, y les pasa a ustedes: todos le tenemos miedo a lo cierto.

Imaginen, sólo un por momento, que El gran varón fuera la banda sonora de sus vidas. Quienes no conocen del tema, o no les gusta la salsa, seguramente no sabrán de qué estoy hablando, pero igual pueden escuchar el coro de la canción: No se puede corregir a la naturaleza, dice, una y otra vez. Es una lápida en pleno rostro. Una premisa que niega tu vida.

Desde que nací, estuve condenada al exilio. Sin saberlo, sin poderlo expresar, cumplí la pena de ser otro. Cargué con un clon que usaba mi cara, hablaba, se movía como yo, y respondía cuando alguien pronunciaba mi nombre, pero que no era yo.

¿Saben ustedes lo que es despertar en la noche y darse cuenta de que estás en el cuerpo equivocado? Juego perverso, ese, el de dormir otra vez, sólo para despertar y comprobar que sigues estando en el cuerpo equivocado. Es el infierno, uno del que el quirófano no te puede ayudar a escapar. Una condena a cadena perpetua.

Pero eso no es todo. Imaginen ahora que tienen siete años. Esa marioneta de carne y hueso que se duerme y se despierta en la noche a cada rato, son ustedes: un niño asustado que no entiende qué le está pasando, y que no tiene a nadie que se lo explique. Un niño que en realidad es una niña, pero todavía no lo sabe.

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Como dije al principio: desde siempre he podido ver a la gente como realmente es. Pues bien, a la primera persona que vi, fue a mí misma. Estaba ahí, en un rincón de mi cuerpo que se me figuraba inmenso y ajeno como una catedral. Estaba ahí, sin saber si había una salida o no de aquel terrorífico lugar, asustada, viendo cómo crecía lo que a todas luces era un error, y que los demás llamaban Bobby.

Mi papá es profesor de historia en un colegio. Desde el primer día se sintió feliz y orgulloso de mí. Cuando yo era pequeña, y no sabía todavía quién o qué era; él, todas las noches, me llevaba a la cama y me leía cuentos. A veces también me leía relatos verídicos de la vida de hombres que con su valor e inteligencia marcaron una época o forjaron el destino de la humanidad.

¿Recuerdan ustedes la historia de Rapunzel?

Este es un resumen:

Una mujer quiere comer verduras de las que crecen en el huerto vecino, para complacerla, su esposo roba algunas y se las lleva. Glotona, la mujer quiere más. El hombre regresa a robar, pero es sorprendido por la dueña del huerto, una hechicera que a cambio de las verduras le pide que le entregue a su primogénita. Así, antes de nacer, Rapunzel pasa a ser propiedad de la hechicera.

La niña crece aislada del mundo, encerrada en una torre, cantando. La hechicera la visita y para subir a la torre, dice: Rapunzel, deja caer tu trenza. Todos los días la vieja trepa colgada de esa hermosa cabellera. ¿Se imaginan ustedes que su pelo sea una escalera? ¿No sienten el dolor de cabeza?

Un príncipe pasa por allí, ve la escena y se antoja. Aguarda y cuando llega la noche, dice: Rapunzel, deja caer tu trenza; ella lo hace, y el hombre sube. Al verla se enamora y le pide que se casen. Rapunzel acepta, inmediatamente, y eso que ni siquiera sabe cómo se llama el príncipe; en realidad, los Hermanos Grimm jamás aclaran ese detalle. A partir del primer encuentro el hombre visita a Rapunzel todas las noches, sin falta. La hechicera se da cuenta y toma represalias: le corta la cabellera a Rapunzel, la saca de la torre, y la instala en una cabaña en lo más profundo del bosque. El príncipe, ¿cómo no?, esa noche va a su cita, dice: Rapunzel, deja caer tu trenza; la hechicera que lo ha esperado, le lanza la escalera de pelos que ya no está pegada a la cabeza de la muchacha y el hombre sube. La vieja se burla de él, y lo hace caer desde lo más alto de la torre. El príncipe se golpea en la cabeza, queda ciego y durante mucho tiempo deambula por el bosque, sin rumbo, hasta que escucha un canto: es Rapunzel; la reconoce, se encuentran, él recupera la vista, se casan, ocupan el trono real y son felices.

De la madre de Rapunzel, aparte de que era glotona, no se sabe mucho más. Del padre, que es un ladrón de verduras y un tratante de seres humanos. De la hechicera, que tiene una relación anómala con Rapunzel, que es celosa y vengativa. Esa vieja desaparece del cuento; suponemos que regresó a cultivar ruiponces, nombre de sus verduras que significa Rapunzel.

Bien enfermo el asunto. ¿No creen ustedes?

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©Foto / StockSnap / Pixabay

BURDELIANAS

Vive, pues, alma mía, de lo que tu sirviente
pierda: deja que acrezca tu tesoro: vendiendo horas de
escoria, compra dones divinos; ten intimo alimento sin la
riqueza eterna: te nutrirá la muerte, que del hombre se
nutre, y, muerta ya la muerte, el fallecer se acaba.

Shakespeare, Soneto XIV

PREÁMBULO

 

Agreste, licenciosa, pasas la vida

sin pensar si sueñas

o en realidad gozas las formas de tu noche.

 

Y eres así:

no más imaginarte para huir

y penetrar la rosa que escondes

en la certeza de tu cuerpo

 

Agreste, licenciosa, te llamas Ifigenia,

te dicen Emilce.

te dejas decir-coger sin desear ni adornar

nada las cosas,

sin recordar, siquiera la condición de tu cuerpo.

 

Pasas la vida, usando, apenas un poco,

el reverso luminoso de las horas…

 

 

 

BURDELIANA III

 

Sobre el lecho,

la desnudez soporta el tatuaje

la huella caliente de manos cumplidoras

consumando oscuros compromisos.

 

Y dentro,

se va presintiendo el torrente

que lo inunda todo… y no deja de ser placentero

sentirse mojado de hombre,

humildemente entregado

a la locura de tomar aquello que no me pertenece.

 

 

 

BURDELIANA IV

 

Si de mi juventud es hoy la fiesta
La ofrendaré del alba hasta el ocaso,
Apurando a placer vaso tras vaso
El viejo vino que a soñar apresta.

Omar Khayyam

 

Es viernes y espero

Quizá vengas por la calidez de mis muslos

Por mi completa sumisión a tus deseos

por lo que pueda venderte, lo que quieras comprar

No he querido nada con nadie, mientras espero

Hoy quiero todo solamente contigo

Desde temprano estuve haciéndome bello para ti

He decorado nuestra luna, y me he puesto tu sabor a vino

en el comienzo de los labios.

Algunas me miran risueñas porque me ven inquieto,

porque presienten que te quiero…

Y sin embargo estoy tranquilo:

No en vano te he estado haciendo mío.

 

 

 

BURDELIANA XII

 

1

Caballero mío:

En esta ciudad ayer llovió,

de las montañas comenzaron a bajar barquitos de papel

montados sobre la lluvia.

 

Estuve pendiente por si veía tu bandera de pirata.

Ninguno naufragó

Tuve que reconocer

Que no habían sido construidos por tus manos.

 

 

2

Hasta mis gastadas sábanas llegan noticias:

Dime, es cierto ese rumor que se expande en la noche,

que te has ido, que no recuerdas mi nombre ni mis labios,

que ya no juegas con la lluvia…

y que te cortaste la barba.

 

En esta ciudad ayer llovió, y como siempre

Fui a las montañas y envié barquitos de piel

a tu encuentro:

todos naufragaron sin la bondad de tus lágrimas.

 

 

 

BURDELIANA XIII

A, Gustav Von Aschenbach

 

1

Arribaste pronto

Para la agilidad de los ojos y la piel.

Sentí tu enorme presencia poseyéndome,

intimidando mi cuerpo con palabras-sabores-palabras

que me recorrieron hasta hacerme tuyo.

Llegaste cuando apenas comenzaba mi sol interior

y te recibí confundido y noble, como un perro

ante el pan nuevo que le ofrece un nuevo amo.

 

 

2

Me gustabas ensimismado sobre la playa de mi cuerpo

y solo,

resueltamente solo en tu corazón.

Y tus labios besaron la apetecida muerte

mientras deshacía en el mar mi cuerpo de rapaz

y penetraba el cercano rumor de las olas.

 

 

 

BURDELIANA XVIII

 

Cadenas para sentir

Mientras me consumes, ebrio,

Nervioso por la exactitud de los cuerpos.

 

Cadenas en los labios

Para evitar la torpeza de ofenderme

Por la simplicidad de tu miedo,

tu pudorosa sensación

de que mi cuerpo pueda causarte daño.

 

 

 

BURDELIANA XIX

Salvo mi corazón, todo está bien.

 Eduardo Carranza

 

Vivo noches,

compartiendo con obtusos contendores

sin evitar el rincón oscuro que siempre he temido:

la atrocidad de los cuerpos

deformados por el alcohol o la risa.

 

Vivo, perteneciendo a quien recoja mis labios

o pague alguna cuenta de las que corresponden

o, simplemente, me sonría de esa forma que sé

y no puedo resistir.

Te repito que vivo,

para que no vayas a pensar,

que este recorrer de calles y de camas,

este esfuerzo por presentarme siempre bello…

para que no vayas a pensar, que esta soledad,

no puede parecerte vida.

 

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