MUNAR

Por: Carlos Castillo Quintero

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—¡Ha muerto Carlitos Munar! —me dice Pacho Toledo, amigo que bien sabe lo que esa frase significa para mí. Su voz me llega como si viniera de otra dimensión y desarticula ésta en la que yo vivo. No me da más detalles, no los sabe, no hacen falta. Habla del afecto común por Carlos y sus palabras son apacibles, conciliadoras, como las de quien le enseña a su hermano menor a montar en bicicleta.

Había comenzado hoy el día, feliz, con un sembrado nuevo de girasoles germinando en mi pecho. En la mañana había hablado del vigor de la juventud que hace que uno se crea inmortal. Hablé de lo efímero, mientras la imagen venturosa de un ruiseñor se fundía en mis ojos. Hablé de escribir un poema de amor que fuera capaz de atrapar el canto de esa pequeña ave migratoria.

2

Nos vimos con Carlos Munar hace unos meses, fuimos a comer pizza y a tomar una cerveza. Con la claridad que le permitía su formación como sociólogo, su amplia cultura, y su estatura de ciudadano del mundo, me hizo una maqueta del Estado totalitario en el cual estamos viviendo, recluidos, con gentes que legislan a puerta cerrada en contra de la gente, una sociedad con un enemigo invisible en la que están prohibidas las reuniones sociales y el abrazo. Hablamos de “1984”, la novela de George Orwell, y de cómo el fascismo europeo y otros males retrógrados han encontrado terreno abonado en nuestro medio, y resurgen como una serpiente de mil cabezas. Hablamos de la deformación en la que entró el sistema educativo que de un día para otro remplazó las aulas por la pantalla de un computador, en un país como el nuestro, con tan profundas desigualdades, en el que muchos estudiantes no tienen acceso a internet. Lo sentí triste y molesto, condiciones normalmente ajenas a su manera de ser.

3

Carlos Munar no fue mi profesor, de manera formal, no tuve ese privilegio. Otros amigos sí lo tuvieron: Henry Aljure, por ejemplo, a quien le dirigió su tesis de grado en torno a la troncal oriental de Ferrocarriles de Colombia, y su debacle; o el malogrado y querido Tomás Herrera Cantillo, estudiante de sociales de la UPTC, quien en medio de una manifestación estudiantil fue asesinado por la policía. El profesor Carlos Munar siempre estuvo allí, solidario, en el lado correcto de la historia, con su mochila arhuaca llena de conocimientos, presto a entender y a ayudarnos a entender este país. Como dije, Carlos no fue mi profesor formalmente, pero de él aprendí lecciones valiosas de la vida, de la academia y de la investigación social campo en el cual fue una autoridad no solamente en la UPTC, sino también en la Universidad de Lyon, su Alma Mater, y en otras universidades del mundo.

«No se trata de disminuir los gastos, sino de aumentar los ingresos», me dijo un día, haciendo referencia a la necesidad de educarse para hacer que el trabajo de uno valga. Soltaba frases como esa, así, como si nada, hablaba de viejos y sabios músicos de Cuba, de la sociedad guajiba, del arte rupestre de la Orinoquía tema que conocía bien y que le apasionaba. Carlos hablaba siempre como si estuviera leyendo, en francés, una de las Canciones de Bilitis, de Pierre Louÿs, libro que encontré en una librería de viejo en Bogotá, y que le llevé como regalo. Muchas veces leyó esos poemas, conmigo, en voz alta, deteniéndose para contarme de París, para hablarme de Mateo, su hijo francés, para recordar su juventud como estudiante en Lyon.

4

Una tarde de hace muchos años llegué a su casa, en el barrio La Colina de la ciudad de Tunja, y le conté con los ojos desorbitados por la desesperación, que mi novia de la universidad estaba embarazada y que nos íbamos a casar. Sonrío. Mientras preparaba alguna de sus recetas de espaguetis me preguntó de qué manera podía ayudarme, y yo le pedí que fuera mi padrino. Junto con Luisa, su bella mujer, estuvieron allí y cumplieron con el ritual de ayudarnos a que la vida avanzara. Como regalo de bodas Carlos me dio un cheque en blanco, para que lo usara en lo más urgente, pequeño papel horizontal que me concedió la fortaleza que necesitaba en ese momento. Lo cargué en mi cartera durante meses y nunca lo llené, pues no había una cifra que pudiera abarcar la amistad sin orillas de Carlos, su generosidad. Tiempo después se lo devolví, y ni siquiera se acordaba: tomó el cheque, lo miró por un momento y luego lo rompió, lo puso en la basura y seguimos hablando de alguno de sus relatos del llano, quizá ese en el que un hombre, el día de su despedida de soltero, cae accidentalmente al Orinoco y la corriente se lo lleva río abajo, muy lejos, a un territorio en donde ya no es el novio de nadie y en donde inicia una nueva y próspera vida en el anonimato.

De ese libro de Carlos, el de los Relatos del llano, hablamos varias veces. En una ocasión, por allá en el 2006, le presenté a mi amigo Jaime Fernández Molano, el director de Entreletras, editorial de Villao en donde su libro habría tenido buen cobijo. No se dio en ese momento, pues Carlos no tenía prisa. Y hace menos de un año volvimos a hablar del asunto, ya con Burdelianas Poetry, mi sello editorial, soñamos con una edición bilingüe (español-francés), ilustrada, muy a la manera de “Historia doble de la Costa” aquella obra monumental de Orlando Fals Borda, uno de sus referentes. Aquellos relatos de Carlos, como los de Fals Borda, son a la vez sociología, ciencia, y también muy buena literatura.

5

Antes de terminar la llamada, y como para ayudarme a encajar el golpe, Pacho Toledo me habló de Príamo, el valeroso rey de Troya, que entregó una ciudad a la guerra y la destrucción a cambio de proteger el amor.

—En últimas el amor es lo único que vale la pena —dijo Pacho, y colgó.

Yo me serví un aguardiente, y con la ayuda triste de Miguel Hernández y de Joan Manuel Serrat, me puse a escribir esta humilde elegía para Carlos, ya sin Carlos.

 

Para Luisa, mi madrina
Para Lucho y Daniel, con un abrazo
Para Mateo, a quien aún no conozco

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2 comentarios sobre “MUNAR

  1. Gracias Carlos por estas palabras sentidas y referente de lo que era encontrarse para conversar con Munar. Yo pude ser su alumno de Maestria y su compañero de trabajo en la Escuela de ciencias sociales. Quizá todo muy atomizado, a veces muy engrupado; pero si es cierto, algun alejamiento en los últimos años. Carlos Munar no fue comprendido, si muy censurado y depronto poco acompañado por nosotros sus compañeros. Situaci´ón que contrasta con la generosidad que Usted le reconoce y que sus estudiantes disfrutaron. Yo puede recibir su generosidad cuando me presentó a la Escuela de Sociales para poder hacer mi primera cátedra de historia en 1992.
    Ojalá pueda yo saludarle a Usted en cualquier momento en Tunja. Saludo Fraterno

  2. Es placentero recordar momentos del pasado, con personas que se encuentran en los rincones de nuestra mente, que se encuentran un tanto olvidados, con poca luz, y de vez en cuando alguien nos alumbra por un instante y nos sorprende con luz cegadora y nos comparte sus recuerdos para disfrutar de la vida en otros, Carlos Munar fue nuestro maestro y director de la Maestría de Historia, recorriendo la historia desde el claustro de San Agustín a los llanos Orientales, viajando a encuentros y congresos, en el Renault 6 azul que era el colectivo donde se emprendan nuevas jornadas; también trabajamos en los dibujos de los petroglifos del Guainia, y sus enigmáticos diseños, proyecto que era entrañable para el, fue una época de mucha actividad, tertulias y café.
    Carlos ya no está con nosotros, pero sigue estando en nosotros, sus estudiantes, sus colegas pese a la distancia, está muy cerca, cada vez que recordamos sud relatos, y experiencias.
    Gracias Carlos.

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