CAPÍTULO CATORCE / 42 Gente rara en el balcón

Gente rara en el balcón
Capítulo catorce
Winnetou en el valle de la muerte

 

42

          Lo mira, le acaricia el rostro con sus manos de seda, lo besa, y el tipo abre las piernas y se echa hacia atrás, confiado en que esa adolescente le pertenece por derecho divino. Es feliz sin el menor esfuerzo y quiere que todos en el bus se den cuenta; que sufran. Lo veo y en mi cabeza Hécuba —que ahora es una de las concubinas de Agamenón— le grita a su dueño los versos que Eurípides puso en sus labios: Mírame y examina atentamente qué clase de males sufro: una vez fui reina, pero ahora soy tu esclava; una vez, afortunada por mi prole, ahora, vieja y a la vez sin descendencia, sin ciudad, sola. Escucha bien: ¡Que nadie diga que fue feliz, hasta que no llegue el último día de su vida!

          Ojalá el tipo hubiera escuchado a Hécuba pero no es posible, él está en otra cosa. Dos filas atrás viaja una muchacha. Veo su mechón azul, desteñido, triste. Está recargada contra el vidrio y sus ojos caen a pedacitos en las calles que pasan vertiginosas. Se va, se adentra en los pasillos secretos de los edificios que se reflejan en sus pupilas. Todo el tiempo ha estado hablando por celular. Habla y cada vez se hace más pequeñita: el asiento rojo se la traga. Está llorando, pero como si nada. Llora. Nadie lo nota, a nadie le importa. Todos siguen clavados en sus celulares, esclavizados por sus pulgares que se comunican con un mundo que no va en este transmilenio. A mí tampoco me importa ella. Me gusta la tristeza de su mechón, pero nada más.

          El de los audífonos blancos y grandes soy yo. (Yo, que ya no diferencio el triple x de las tabletas que me dio el médico. Yo, que no siento nada —el dolor no cuenta—. Yo, el apestado, el loco). Escucho Master of puppets con todo el volumen que tiene el iPod. Alguien sube; inicia su retahíla mendicante y yo le agradezco a Metallica por el viaje. No escucho ninguna de las desgracias del que ruega por monedas, pero estoy seguro de que estoy peor que él: más pobre, más enfermo, más loco, más cerca del final y ni siquiera sé pedir ayuda. Siento el impulso de darle una moneda, pero no hago nada. Si llego a moverme probablemente el mundo se acabe. Me concentro. No permito que exista nada aparte de la música. La humanidad entera, incluyéndome, puede suplicar por ayuda y no me importa. Veo el arpón de la miseria clavado en el estómago del que pide; lo tiene ahí desde antes de nacer. ¿Conocerá las estadísticas? El 1% se queda con toda la riqueza. Los demás, el 99% restante bordeamos la indigencia, lucimos nuestra pobreza en un bus, en una oficina roñosa, en una discoteca aturdida por la silicona que se derrite en la pista de baile (perrea, mami, perrea…), en la barra, en el baño, en el parqueadero, en la calle. Planeta de menesterosos en donde una moneda no hace la diferencia. ¿Habrá vida inteligente en otros planetas? En este no, por lo menos…

          John Steinbeck dice:

          Temo que la riqueza nos aniquile, y se lanza al mar persiguiendo una hermosa perla que no existe.

          En la calle 76 una moto se estrella contra un costado del transmilenio. No en donde voy yo, sino al otro lado. Es un golpe seco, rápido. Caen. El bus sigue su ruta. Algunos pasajeros se asoman a las ventanas. Quizá hubo muertos, dice un anciano y alarga el cuello para ver mejor (las arrugas que unen su cabeza con el tronco, son pequeños canales taponados de mugre). Eso sí, quién les manda, murmura una señora que parece vieja pero no lo es. Por lo que dicen sé que son (¿eran?) dos. Cierro los ojos y permito que los audífonos me arrastren. Ahora suena Welcome home (Sanitarium). ¿Has visto «Alguien voló sobre el nido del cuco»? No, yo vi «Atrapado sin salida». Al fondo, una enfermera gorda con lentes oscuros sonríe.

          En una esquina de la calle 22 veo a un niño fumando no-se-qué. Sus ojos rojos titilan como bombillos de navidad. Me recuerda al niño traficante de «RoboCop 2», pero este es más peligroso. Que susto. ¿No crees que sería bueno militar en algo? Pasamos frente a Disco barbas; a través de sus ventanales se ven las sillas de color azul, rojo o amarillo. La gente baila, bebe, fuma y mira pasar los buses. Parece un bar de Lego, o mejor: el bar más popular de una ciudad de Lego. El paraíso nunca duerme, dice en un aviso de neón. Pienso que debería ir allí algún día. Una vez en la vida, por lo menos. Repito la frase y sé que está fuera de contexto: ¿cuál vida? Detroit está sumida en la marginación y en el caos.

          El tipo de la adolescente ahora parece dormido. Ella lo sigue besando. Pasa una pierna sobre él… besa, besa… tiene las medias rotas, no tiene brasier… besa, besa… su lengua mide como diez centímetros, pura carne golosa. El tipo no se inmuta, la deja. Y ella lo sigue besando, como si fuera por contrato. Pienso: Es por contrato, pero sé que no es cierto. (Yo, que ya no diferencio el triple x de las tabletas que me dio el médico. Yo, que no siento nada —el dolor no cuenta—. Yo, el apestado, el loco).

          A mi lado se sienta un niño, en su muñeca derecha tiene una manilla de City Park, es una tira de papel de color amarillo, gastada, vieja: el niño la luce como si fuera un rolex. Me mira, imponente, tratando de descifrar si me he dado cuenta de que lleva la manilla. Veo un cajero automático del que solo queda el aviso. ¿Qué estará pasando ahora en la línea de fuego? Una mujer con el vientre abultado sube al bus; mira a la derecha, a la izquierda, arriba, abajo y al fin se sienta en una de las sillas azules. Luego se cambia de puesto, varias veces, abre las ventanas, las cierra, mira a un lado, al otro, y se sienta de nuevo en una silla azul.

          A mi derecha una moto de la policía compite con el transmilenio. De parrillera va una mujer: con sus manitas se aferra a la cintura de su compañero. Van rápido. Ella reclina su cabeza y pequeños corazones salen por sus orejas y se pierden en la noche bogotana, arrullados por las notas de Nothing else matters que ahora consumen mi cerebro. ¿Qué hice para que me dejes así?

      Seres atrapados en los grafitis de las paredes del centro, al pasar, se quedan mirándome. Lagartijas. Edificios descostrados, vidrios rotos, sábanas sucias como cortinas. Vigilantes y sus rottweiler. El Infierno no existe. El edificio de Colpatria lleno de mariposas amarillas brilla en la noche sin saber por qué. El Infierno son los otros. La ciudad está enferma y hace metástasis. La ciudad está llena de pepas, de polvo, de yerba, de ácido… todos consumen nuke sin control. El Infierno es un bar de la 63. La ciudad está loca y hace metástasis. Lagartijas. Entra mucha luz, en lugar de cortinas deberíamos poner ladrillos.

          Con su ironía habitual, Luis Buñuel dice:

          Desde hace varios años, cada vez que abandono un lugar que conozco bien, donde he vivido y trabajado, que ha formado parte de mí mismo… me detengo un instante para decir adiós a ese lugar. Digo adiós a todo, a las montañas, a la fuente, a los árboles y a las ranas.

          Me bajo en la estación de la Jiménez y camino. En la mañana también había estado caminando la ciudad. Camino. Camino. Camino…

          Es domingo y las calles del centro están llenas de muertos vivientes. Todos salen de sus huecos desde temprano, avanzan a mi lado. Soy uno de ellos: fumo pielroja, como ellos; bebo aguardiente en una botella de agua, como ellos. Los domingos Bogotá es diferente. La habitan seres desavenidos con el resto de la semana. Hombres y mujeres sin cerebro —sin lunes— zombis que se arrastran tomados de la mano, felices: novios de fin de semana (hombre con hombre mujer con mujer del mismo modo y en el sentido contrario) que se confunden con los muñecos sucios y mutilados que invaden los andenes. ¿Quién comprará eso? En el mercado de las pulgas solamente quedaron las pulgas. ¡Es necesaria una teletón de muñecos!, pienso el grafiti y lo pinto en el lado interno de mi frente. Ya la hicieron, y también se robaron la plata. Veo rostros, manos, dorsos entrelazados con los avisos del próximo concierto de Sabina. Palimpsesto de lo que fue: Abajo la oligarquía. Pambelé Presidente. El pueblo unido, jamás… Vote por el Burro Mocho. Ciclo de cine erótico Emmanuelle: de la I a la VII, sin cortes. Tome Pin y haga Pum. Be here now!

          Una mujer pasa a mi lado y me empuja; va hablando por celular, a gritos, sonriente. El manos libres baja de sus orejas, pasa por su blusa y busca el bolsillo derecho de su minifalda, cae: no está conectado a nada. Sonrío. Ella voltea a mirar, indiferente, y continúa con su llamada.

          Un padre y su hijo pasan en una bicicleta doble. Son iguales. Son el mismo. El padre luce un rostro aniñado y su hijo frunce el entrecejo. Pedalean en cámara lenta. Imagino que hacen parte del curioso caso de Benjamín Button, pero en momentos distintos. ¿Es otra de tus alucinaciones con éter? ¿Has comido demasiado chocolate? No, pero creo que a partir de hoy deberíamos ser solamente amigos…

          —¿Había notado la cantidad de mujeres que caminan por la Séptima, rebosantes de salud?

         No lo escucho. Skinner se molesta, se detiene. Mira a un Michael Jackson que canta, baila y vende CDs con las pistas de sus canciones. Antes habíamos visto a otros dos iguales a ese, pero negros.

          Un niño como de seis años lleva una patineta, a rastras, y le dice a su mamá: Me duele el pie. La mamá se pasa una mano por la frente y le contesta: ¡Claro, como no para de molestar con eso! El niño la mira con los ojos de Ed Gein. En Bogotá hay 370 kilómetros de cicloruta.

          Llego al parque Santander y me siento en un escaño, al frente del Museo del Oro; enciendo un pielroja y pienso en todo lo que guardan allí: las entrañas doradas del pasado me encandilan. A mi lado hay una anciana con la mirada perdida hacia adentro, tiene un cigarrillo apagado en su mano izquierda. Le ofrezco fuego. Fumamos, en silencio. Llámame anticuado, pero el abandono me parece romántico.

          Mr. Pegajoso descansa sobre una improvisada mesa de acrílico. Es gordo, verde, con orejas puntiagudas y manos y piernas delgadas, como de zancudo. “Señoras y señores, sólo por hoy, lleven a Mr. Pegajoso” dice un hombre con acento paisa, lo coge con una de sus garras, lo alza, y lo estrella sobre la mesa. Mr. Pegajoso queda convertido en una plasta de goma. Lo miro, miro al hombre que sonríe. Mr. Pegajoso reacciona, recupera un pie, una mano, una oreja, renace hasta ser igual a lo que era al principio. “Señoras y señores, sólo por hoy, lleven a Mr. Pegajoso” dice el hombre y lo coge de nuevo, lo estrella con más fuerza que antes y él se recupera una y otra vez… Me alejo de allí. ¿A quién se parece Mr. Pegajoso? Debería haber seguido estudiando, como insistía mi mamá.

          Sigo caminando. Por última vez me dirijo hacia el apartaestudio de La Macarena: mi casa. Atrás ha quedado el apartamento de Liz, los gatos, las begonias. Todo brilla y he puesto rosas amarillas en los jarrones. ¿Podrías no ser tan aburrido?

          —En la infancia tuve un amigo imaginario. Él tenía familia, primos y otros parientes, una novia incluso. Entonces ¿de qué se extraña? Si hay voces en su cabeza ¡escúchelas! —dice el saltimbanqui que camina a mi lado. Va a trabajar en el semáforo de la Biblioteca Nacional—: El camino más rápido entre el punto A y el punto B, es el atajo que hay entre la F y la Y; seguro, es necesario avanzar en espiral, es mejor, o por lo menos más entretenido. Olvídese para siempre de las líneas rectas —concluye.

          Lo miro. No puedo calcular su edad. Por la acera del frente camina un hombrecito que he visto antes. Sí. Es el mini Tarantino que dirige el ciclo de cine alemán. La M en su frente brilla con las luces del semáforo.

          Con su ironía habitual, Luis Buñuel dice:

          Me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, llegar hasta un quiosco y comprar varios periódicos. No pediría nada más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizador de la tumba.

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©Carlos Castillo Quintero

 

 

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