CARLOS CASTILLO QUINTERO

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Contra el agua, días de fuego. 
Contra el fuego, días de agua. 

Octavio Paz, Calendario.
    
    A partir de 1915 Mariano Azuela, médico militar de las fuerzas revolucionarias de Julián Medina, comenzó a publicar por entregas su novela Los de abajo, reunida como libro hacia 1917. Se inicia entonces lo que se ha llamado la novela de la revolución con gran auge a partir de 1931 con Vámonos con Pancho Villa la primera novela de Rafael Muñoz y La asonada de José Mancisidor, pasando por obras fundamentales como Memorias de Pancho Villa (1940) de Martín Luis Guzmán y Se llevaron el cañón para Bachimba (1941) de Rafael Muñoz; hasta llegar a novelas contemporáneas como Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo y La muerte de Artemio Cruz (1962) de Carlos Fuentes, entre muchas otras. En estas novelas los escritores mexicanos dan razón de lo que pasó en su país durante las tres décadas de la dictadura de Porfirio Díaz; del desarrollo del movimiento revolucionario iniciado en su contra en 1910 con figuras míticas como Francisco Madero, Pancho Villa o Emiliano Zapata y, finalmente, sobre lo sucedido después de 1917 con la promulgación de la Constitución Revolucionaria que aún hoy tiene vigencia (1).
    Sesenta años después de la revolución, en 1981, Carlos Fuentes publica Agua quemada, cuarteto narrativo (2) libro en el que enfrenta al pasado con el presente de la sociedad mexicana, en un juego de espejos fraccionados que ya antes había manejado con maestría. El cuarteto lo integran los relatos “El día de las madres”, “Estos fueron los palacios”, “Las mañanitas” y “El hijo de Andrés Aparicio” que responden a una estructura de filigrana en donde la línea vital de los personajes en ocasiones se entrecruza y en otras mantiene una paralela que configura el espacio de las acciones, constituyendo un corpus narrativo que algunos estudiosos han clasificado como novela (3). Así, el general Vicente Vergara del primer relato, paga la renta de doña Manuelita su antigua sirviente y personaje del segundo; Federico Silva, el aristócrata del tercer relato, es el casero de doña Manuelita; y en el último relato el abuelo de los Aparicio, don Bernabé, se devela como el antiguo ayudante de campo del general Vergara. 
    Por su riqueza literaria y su vínculo directo con la novela de la revolución, vamos a ocuparnos de “El día de las madres”, el primer relato del libro. Allí se reúnen tres generaciones y con ellas a gran parte de la sociedad mexicana del siglo XX representada por el general Vicente Vergara, veterano de las guerras revolucionarias; por su hijo el licenciado Agustín Vergara, aristócrata de una clase social emergente; y por Plutarco Vergara, el nieto, niño rico asiduo de casas de putas, quien es el narrador y relata desde un presente que dista algo más de una década del presente de la narración, pues cuando se dan los hechos tiene 19 años y cuando los narra ya ha cumplido 30.
    La incomunicación es una constante en los personajes. El viejo general no habla con su hijo Agustín, y éste apenas habla con Plutarco. El general vive en el pasado, en la revolución; el licenciado es un figurín de la escena social de la capital… “un guevón que se encontró con la mesa puesta” (p.21), y el nieto está inmerso en una crisis de personalidad que habrá de llevarlo hacia su “liberación”.
    Estos tres varones literarios, representantes del México moderno, jalan el relato con la ausencia total de sus mujeres: la abuela Clotilde “que sí sabía llevar una casa” (p. 40) y Evangelina, la madre de Plutarco, “una huila” que deshonró al hijo del general. La ausencia, “la mutilación”, se convierte entonces en otra constante de este primer relato ─y de todo el libro─ y a ella alude su título: “El día de las madres”, ya que estas madres sólo son una tumba en el Panteón Francés a la que los Vergara llevan flores todos los 10 de mayo. 
    Pero quizá lo de mayor relevancia en este relato se resuma en el pedimento que el nieto hace al general mientras le ayuda con su baño. Dice Plutarco: ─No quiero quedarme fuera del dolor, abuelo. (p. 26). Ya antes había dicho: ─Me hubiera gustado castrar a alguien, como usted… (p. 23). Así, se configura la infancia de México como nación, y la de otros países latinoamericanos que arriban al siglo XXI con el dolor y la violencia como su herencia natural. 
    Y es aquí cuando se valida la figura de Pancho Villa, el campesino que se convirtió en caudillo de la revolución. Otro alzado contra la dictadura, contra el Gobierno, el hambre, la injusticia. Doroteo Arango Aránbula quien decidió llamarse Pancho Villa pero que podría haber elegido otro nombre: Naun Briones, el ecuatoriano; Guadalupe Salcedo o Dúmar Aljure, los colombianos; o apodarse El Tilcuate, igual que el revoltoso personaje de Rulfo; o pertenecer a la estirpe condenada de militares tristes que se inicia con Aureliano Buendía. No, se llamó Pancho Villa y hace un siglo viene ganando y perdiendo guerras en todos los países latinoamericanos.
    Escuchemos la reminiscencia que el general Vicente Vergara hace de Pancho Villa, y que comparte con su nieto: 
    «─Óyeme, chamaco, una cosa era Villa cuando salió de la nada, de las montañas de Durango, y él solito arrastró a todos los descontentos y organizó la División del Norte que acabó con la dictadura del borracho Huerta y sus Federales. Pero cuando se puso contra Carranza y la gente de ley, ya fue otra cosa. Quiso seguir guerreando, a como diera lugar, porque ya no podía detenerse. Después de que Obregón lo derrotó en Celaya, el ejército se le desbandó a Villa y todos sus hombres volvieron a sus milpas y a sus bosques. Entonces Villa fue a buscarlos, uno por uno, a convencerlos de que había que seguir en la bola, y ellos decían que no, que mirara el general, ya habían regresado a sus casas, ya estaban otra vez con sus mujeres y sus hijos. Entonces los pobres oían unos disparos, se volteaban y miraban sus casas en llamas y sus familias muertas. “Ya no tienes ni casa, ni mujer, ni hijos ─les decía Villa─ mejor síguele conmigo.”» (p. 15). 
    Mejor síguele conmigo, a ese llamado había atendido el general Vergara durante décadas “pues anduvo con todos y a todos sirvió, por turnos” (p. 16) y a todos sobrevivió. Hombre recio que perdió su fortuna amasada en los tiempos de la revolución por confiar en su hijo, el licenciado Agustín, que cambió la vocación de la tierra y se puso a cultivar amapola, a traficar con heroína, a confiar en los gringos… El general Verga-ra que berreó como un infante al perder su única y quizá última batalla contra la oruga dispuesta que le aguardó durante más de media hora entre las piernas de la Judith, una veterana virgencita de la casa de la Bandida a donde lo llevó su nieto, Plutarco, el mismo que hizo bautizar con ese nombre en honor al jefe máximo de la revolución, don Plutarco Elías Calles, su nieto imberbe que sí se cogió a la Judith, en sus narices, mientras los mariachis entonaban el “Siete leguas”, el caballo más querido de Pancho Villa. 
    Así, en “El día de las madres”, Fuentes traza el mapa de la sociedad mexicana contemporánea y de “México, ciudad voluntariamente cancerosa” (p. 37). 
   Se han ganado y perdido batallas, guerras, gentes… Pancho Villa va y viene de un extremo a otro de Latinoamérica y para qué… “como el coño de la puta Judith, que usted ya no se pudo coger y yo sí y para qué, abuelito.” (p.37). 
    ¿Para qué?

* * *

NOTAS

(1). Esta narrativa tendría su equivalente en la literatura colombiana en la denominada novela de la Violencia, con obras como El Cristo de espaldas (1952) de Eduardo Caballero Calderón, La mala hora (1962) de Gabriel García Márquez, El día señalado (1964) de Manuel Mejía Vallejo y Cóndores no entierran todos los días (1972) de Gustavo Álvarez Gardeazábal, entre otras.

(2). Carlos Fuentes, Agua quemada, F.C.E. México, 1981.

(3). Ver: Marina Gálvez Acero, Agua quemada, imagen de la desintegración actual de la estructura lógica del proceso histórico-cultural mexicano. En: Anales de literatura hispanoamericana, núm. 13. Ed. Univ. Complutense, Madrid, 1984.


* * *

                                                                         
Publicada originalmente en PERIÓDICO DE LIBROS | LECTURAS CRÍTICAS




1
    De los no-muertos existen múltiples referencias. En la Epopeya de Gilgamesh (2500-2000 a.C.), la obra épica más antigua que se conoce, la diosa Ishtar, furiosa, ya que se ha insinuado sexualmente al rey Gilgamesh y ha sido rechazada, dice: 

    «Derribaré las puertas del Inframundo, destrozaré los postigos de las puertas y dejaré que los muertos roídos suban y se coman a los vivos. ¡Y los muertos superarán en número a los vivos!» 

    Este poema sumerio comparte elementos con la mitología nórdica en donde habita el draug, criatura que se conoce también como aptrgangr (literalmente “el que camina de nuevo”, o “el que camina después de la muerte”). Los vikingos, navegantes de todos los mares, no sólo tienen draug-terrestres sino también draug-del mar, fantasmas que emergen del inframundo y ocupan los cuerpos de guerreros caídos en batalla y cuidan de sus bienes. En el budismo japonés, están los jikininki (espectros comedores de hombres) espíritus de humanos avariciosos, egoístas o impíos, entes malditos que deambulan en la noche condenados a alimentarse de despojos humanos. 
    En Las mil y una noches se hace referencia a los ghouls, demonios necrófagos que según el folclor árabe, viven en los cementerios, profanan las tumbas y se alimentan de cadáveres. De estos seres existe también una variante femenina conocida como ghouleh, traducida a veces como algola, que secuestra y devora niños pequeños. En alguna de esas noches de Scheherezada, en “La historia de Gherib y su hermano Agib”, Gherib, príncipe exiliado, combate contra toda una familia de hambrientos ghouls, a quienes vence y esclaviza. Además los convierte al Islam. 
    El culto vudú de África Occidental es una de las religiones más antiguas del mundo. Los esclavos llegados a América durante la Colonia desembarcaron con sus doctrinas sibilinas y generaron una nueva vertiente de dicha religión, evolución sincrética entre las creencias teístas-animistas africanas, las creencias católicas de los esclavistas, y algunas reminiscencias locales de los primeros pobladores del Caribe. En el culto vudú los zombis son muy importantes. Estos muertos redivivos son entes malignos que están al servicio de un houngan, bokor o hechicero, quien al resucitarlos los somete a su voluntad. Los zombis son cadáveres pútridos que abandonan sus tumbas para para ser esclavos. Así llegan al cine. 

2
    La noche de los muertos vivientes (1968), obra seminal de George A. Romero, definió el género zombi contemporáneo. El cine, la literatura, las series de televisión, los comics, los videojuegos, las propuestas de video-arte, etc., han convertido a los zombis en íconos de la cultura pop. El video musical de Thriller (1983), dirigido por John Landis, en donde Michael Jackson lidera una coreografía bailada por zombis, es un buen ejemplo. 
    The Walking Dead, la serie de este género con mayor audiencia, se estrenó el 31 de octubre de 2010, y ya anunció su séptima temporada la cual comenzará a emitirse en el mes de octubre de 2016. Está basada en el cómic homónimo creado por Robert Kirkman, Tony Moore y Charlie Adlard; y su adaptación para televisión estuvo a cargo de Frank Darabont. En el mundo apocalíptico que se recrea en The Walking Dead, al parecer, lo único que importa es sobrevivir, correr, evitar a toda costa los dientes emponzoñados de los zombis, su mordida. Sin embargo, si se mira bien, la serie plantea otros asuntos: crisis existenciales y filosóficas sobre los valores que sostienen al ser humano y a la sociedad, interrogantes sobre qué determina estar vivo o muerto, planteamientos éticos de cara a la supervivencia, dudas sobre los límites y derechos individuales, irresoluciones sobre cuál es la frontera entre el bien y el mal y qué o quién la determina, entre otras cuestiones. Todo lo anterior permite que The Walking Dead lleve al espectador activo a repensar su propia existencia. ¿Estás seguro de que no eres un no-muerto? 

3 
    En el prólogo de Filosofía zombi, libro de Jorge Fernández que fue finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2011, el autor, a manera de advertencia, dice: 

    «...es posible que el lector acabe por toparse con un espejo al final del laberinto, y que la imagen de estos hambrientos caminantes le devuelva no otra cosa que su reflejo deformado, todo aquello que creía suyo visto ahora en estado de descomposición por efecto de esa otra plaga, mucho más velada que todos los cadáveres del mundo alzándose de la tierra, pero igual de virulenta, que supone el desarrollo de un nuevo capitalismo afectivo y mediático al que asistimos expectantes».

    Así, Filosofía zombi enfrenta al lector con el zombi como idea, como concepto mediante el cual es posible aproximarse analíticamente a una sociedad tecnificada y posmoderna, en donde la horda de muertos vivientes está encarnada en los cibernautas, descerebrados que para mantenerse vivos requieren de lo que les proporciona la red. Estas páginas, reunidas en siete capítulos, permiten entrever el colapso total de la civilización, fundamentado en una sola premisa: el miedo. El primer capítulo del libro inicia citando a H. P. Lovecraft, maestro del horror: 
    
    «El miedo es una de las emociones más antiguas y poderosas de la humanidad, y el miedo más antiguo y poderoso es el temor a lo desconocido». 

    El zombi representa lo desconocido, dice Jorge Fernández, a propósito de La noche de los muertos vivientes: aquí “el zombi no tiene ni razón de ser, ni discurso, ni tan siquiera recibe el privilegio de la denominación”. 

4
    Lo saben los fanáticos del género: lo peor de un zombi es su mordida, ya que convierte al afectado en un no-muerto, hambriento, igualito al que lo mordió. Si se toma al zombi como concepto es fácil trasladarlo a la vida cotidiana. El sector público, por ejemplo, está lleno de mordelones. La corrupción y el miedo campean por sus oficinas. Hordas de hambrientos corruptos van de mordida en mordida sin que les importe hacia dónde se dirigen y mucho menos hacia qué abismo precipitan a la sociedad. No es The Walking Dead, no está sucediendo en la televisión. Basta con abrir la ventana y mirar hacia la calle en donde hierve ese mundo apocalíptico. Basta con mirarse en ese espejo al final del laberinto. 

* * *
                                                                         
Publicada originalmente en el periódico EL DIARIO


1
    Se dice que el poeta Teognis de Megara (siglo VI a.C.) había ideado un método para prevenir que otros copiaran sus versos a los cuales, según señaló, “les pondría un sello para que nunca pase inadvertido si alguien los roba”. El helenista colombiano Jorge Páramo hizo una cuidada edición de la obra de Teognis, de la cual cito el siguiente poema:
 
«Intolerable es el engaño, Cirno
de la moneda falsa, oro o plata,
y los expertos lo descubren fácil».
 
    A pesar de estas advertencias, quinientos años después el poeta latino Marco Valerio Marcial (siglo I d.C.) se quejaba de que sus poemas hubieran sido “adaptados por otro”. Así lo denuncia en su Epigrama LII:
 
«Te encomiendo, Quinciano, mis libritos.
Si es que puedo llamar míos los que recita un poeta amigo tuyo.
Si ellos se quejan de su dolorosa esclavitud, acude en su ayuda por entero.
Y cuando aquél se proclame su dueño, di que son míos y que han sido liberados.
Si lo dices bien alto tres o cuatro veces, harás que se avergüence el plagiario».
 
    Así, la copia, el plagio, y la emulación han transitado los siglos arribando a nuestros tiempos sin hacer caso a las optimistas advertencias de Teognis. En una de sus máximas Jean de La Bruyère (1645-1696), liquida este asunto advirtiendo que:
 
«Todo se ha dicho, llegamos demasiado tarde cuando hace más de siete mil años que hay hombres, y que piensan».
 
    Alguien quizá advierta que lo señalado por La Bruyère, siglos antes, el autor bíblico del Eclesiastés ya lo había dicho. ¿O no?
 
2
    Hoy en día el plagio es un delito. La RAE, define plagiar como la acción de “Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias”. Autores grandes y pequeños han sido acusados de plagio. Alfredo Bryce Echenique, escritor peruano, en 2008 fue acusado de plagiar artículos aparecidos en medios como La Vanguardia, o El periódico de Extremadura; lo encontraron culpable y lo condenaron a pagar una multa de 57.000 dólares. Así mismo, en 1990, el español Manuel Vázquez Montalbán fue condenado a pagar tres millones de pesetas por el plagio de la traducción de Julio César, la obra de Shakespeare, que había hecho Ángel Luis Pujante, profesor de la Universidad de Murcia. En Colombia tenemos algunos casos vergonzosos, el más reciente el de “El dolor y sus trampas”, concurso de poesía de la Casa Silva, que hizo honor a su nombre, y que al final esta institución resolvió argumentando razones ajenas al plagio, pero retirándole el premio a la ganadora. Cabe aquí el Epigrama LXVII de Marcial:
 
«El que desea adquirir la gloria recitando versos de otro, debe comprar, no el libro, sino el silencio del autor».
 
    De cómo “Simple Simon” pasó a titularse “Simón el bobito”, o de por qué “The Robber Kitten” se conoce como “El gato bandido”, y de qué manera “A Frog He Would A-Wooing Go” cambia de piel para llamarse “El renacuajo paseador”, o las razones para que “Pastorcita” se conociera originalmente como “Little Bo-Peep” nos habla el profesor Jorge Orlando Melo en Cuatro poemas infantiles de Rafael Pombo y sus originales ingleses, artículo publicado en Colombia es un tema, su web (jorgeorlandomelo) en donde pueden leerse los textos originales en inglés y las conocidas versiones de Rafael Pombo, a quienes algunos acusan de plagio.
    Para quienes no lo sepan, ya hace más de cinco décadas, en 1965, Héctor H. Orjuela, biógrafo de Pombo, demostró que muchos de los Cuentos pintados (1867) y de los Cuentos morales para niños formales (1869) de Rafael Pombo eran traducciones de relatos orales ingleses. Así lo dejó establecido la Casa Appleton, responsable de las primeras ediciones de estos libros, en donde además se advertía que esas fábulas eran “colecciones de cuentos que [Pombo] adaptó al español, transformándolos”. Sin embargo, Simón el bobito quizá siga pensando que es una creación original de Pombo.


* * *
                                                                         
Publicada originalmente en el periódico EL DIARIO
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