CARLOS CASTILLO QUINTERO

Escritor & Editor

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De: "Hormigas de cristal" (novela)
Burdelianas Poetry Editores, 2023

* * *


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BUSCALIBRE


Un transeunte
, 2025 | @KastilloGaller

Un Amor desesperado y un lindo crimen lloriquean en el barro de la calle.

Arthur Rimbaud

Hay más frío en mi habitación

que en los ojos de quienes aguardan en los umbrales.

Sé que el lecho conserva otra memoria.

Sé que hace años, en esta calle, a esta hora alguien

tocaba una dulzaina.

Sé que tu piel es un privilegio   

 

¿Te has ido? Sin ti no hay alegría.

 

El parque del barrio mintió tu perfume

en la tarde hizo algarabía y se 

                                              hincó

para que los niños subieran en su espalda,

pero el agua de la fuente no reflejó tu rostro.

 

La ciudad sabe que no estás…

 

Las calles hacen sonar sus espuelas: su resonancia 

marca la extensión del océano

y me mide,

juego a que no escucho, a que no la veo

(pero tú sabes que no juego)

y me mide.

 

Las palomas durante todo el día y

durante toda la noche

comen y defecan

 y duermen

 y sueñan que

comen y defecan

durante todo el día y

durante toda la noche las palomas

en la cúpula de la Catedral y

en los aleros y

en los tejados de las casas del centro.

Hay uno que odia las palomas

y las enamora con papeles trenzados.  

Hay un tren que pasa seis veces en la noche,

y que tú conoces.

Sé que el color del fuego te desvela

el comercio íntimo del acero sobre el acero.

(Los rieles son un anillo que luce ―asediada por un puñal

de huellas y de frío―

la vanidosa epidermis asfáltica).

Sé que preferirías que el anillo fuera de plata.   

 

¿Qué has ido a buscar? La ciudad es una niña procaz…

 

Hay una calle habitada por una hiena

que luce una estopa en la cabeza (en la quijada)

y se empeña en atormentar a las esquinas

con su tufo.

Hay una sirena que agoniza

en el lavamanos de un cuarto de hotel,

y canta una vieja tonada

que repite una promesa fundida en cinco hilos de

                                                              oro pútrido

que tus labios recuerdan.

Hay un bar que naufraga cada quince años

                                               y una quinceañera

que permanece en la barra

y  hombres de varias generaciones la aman

y no se molestan por el abanico en su rostro

ni por su anodino aire de geisha.

¿Qué se puede esperar de una ciudad

que permite el naufragio de sus bares?

 

¿Te has ido? Sin ti la ciudad no existe.

 

Había una Casa de Placer regentada por una muñequita

de cartón piedra,

y un farol de cristal holandés

y un nombre de siete cifras

olvidado bajo el calicanto.

Había una monja que delineaba laberintos     

de brusca sangre en su espalda,

con un duende prendido a su ombligo

y un confesor.

Había una viuda con las piernas y

     los senos intactos

como caballitos de mar

como siemprevivas     

como escaleras tendidas a un cielorraso

que linda con las estrellas.

¿A dónde ha ido la ciudad,

y la Casa de Placer

que olvidó el patio sombrío en el

que una doncella duerme arrullada por los insectos,

y la monja

que gime esclavizada por un cirio,

y la viuda

que cada mañana recoge los cubitos de hielo

que brotan de su colchón? ¿A dónde?

 

¿Regresarás?  A pesar de la bruma.

A pesar de que no llueve.

A pesar de que no hay luna,

por la rosa triste que mi mano ha escrito,

y por mi mano… ¿Vendrás?

La pérfida nieve se tragó mi habitación.

La ciudad se recoge, asustada,

huye de los diamantes crucificados en los ojos del poeta.

            


Sin el azul del día (poemas)
Carlos Castillo Quintero
Gobernación de Boyacá. Premios CEAB
Tunja. 2008, pp 90.
Foto |©Paola Avendaño

Era el trozo más oscuro de la calle.
Salvador Garmendia

2023, otro escenario para la guerra, con antiguos desplazados y nuevos inmigrantes. Algunos guardan valijas de escape cargadas con óbolos para quienes llegan. Cada pueblo paga su cuota a Caronte. Los niños huyen del desastre, como hormigas de cristal atraviesan los hostiles caminos de este mundo, invisibles a la mano del hombre, hasta llegar al planeta Kriptón en donde los gatos vuelan.

Novela de la nostalgia, de erosión social, con personajes cercados por la miseria y una devoción nocturna por la felicidad, cueste el rigor que cueste. Carlos Castillo Quintero presenta en Hormigas de cristal a un desesperanzado José, quien pareciera no tener afán por decidir su camino, que vaga y se asoma, como voyerista, por calles en donde para él todo es espectáculo, y, especular. Un hombre que se siente desusado por el tiempo, el sexo y el amor; afligido al verse prisionero dentro de su propio cuerpo en donde se marchita. Por eso recoge uñas por las aceras (las de Luis Guillermo, las de Mariana, no las de cualquiera para que sus días adquieran sentido, o eso cree él.

Este libro carga Con esa tristeza del desterrado / que es desterrado de su destierro, palabras de Reinaldo Arenas escritas desde su amarga derrota del desencanto en Nueva York, y que José, el narrador, retoma. Derrotado en el tablero de juego, fraccionado entre las figuras que lo rodean, se aferra a la memoria y finge saber la respuesta que lo descifra. Exiliado de todo, José deambula por sórdidas calles que Carlos Castillo Quintero conoce bien y que recrea en esta obra, con una atmósfera precisa y la cuidadosa poética que acostumbra en su oficio.

Cuando empecé a escribir estas líneas había en Hormigas de cristal, unos versos en los que Mariana se refería a la vida como un tejido de nostalgias. Esos caracteres fueron rechazados, desahuciados y eliminados por el autor; aun así, en la novela permanece aquella esencia de lo que ha sido escrito desde la nostalgia.

El viejo Caronte detiene su barca, y sonríe. A leguas se nota que no tiene prisa. Para él todos tenemos la misma edad. Escribe Castillo Quintero con el corazón taciturno. Pienso en los niños que hoy mueren en Gaza, en los que murieron ayer en Venezuela y en Colombia y los que, sin misericordia, van a morir mañana. Ha de saberse que para el viejo Caronte todos tenemos la misma edad, y que cada pueblo paga su cuota.

Julio Medrano 
Tunja, 2023


Hormigas de cristal (novela)
Carlos Castillo Quintero
BPoetry Editores
2023





CARLOS CASTILLO QUINTERO
(Miraflores, Boyacá, Colombia, 1966)

Escritor, editor y director de talleres de escritura creativa, con inmersiones en el cine y las Artes plásticas y Visuales. Ha publicado los libros de cuento Harem y otros 100 microrrelatos (Premio Libro de antología CEAB, 2023), Verano feliz y otros cuentos (Beca de creación CEPAC, 2021), Dalila Dreaming (2015), Espiral al Sur y otros relatos de la noche (Premio CEAB, 2013), Carroñera (2007), y Los inmortales (2000). Las novelas Hormigas de cristal (Beca de creación CEPAC, 2023), Peces de nieve (Beca de creación CEPAC, 2018), Gente rara en el balcón (Premio CEAB, 2016), y Alicia Cocaine (Premio Bienal U. Javeriana, 2016). Las antologías Brindis antes del alba / 20 cuentistas colombianos (2022), Sinfonía de los ocobos / Escritores del Lengupá (2015), Pisadas en la niebla / Nuevos cuentistas boyacenses (2010), y El placer de la brevedad / Seis escritores de minificción y un dinosaurio sentado (2005). Los poemarios Bitácora del fin / Antología personal (2020), Ab imo pectore / Antología personal (2010), Sin el azul del día (Premio CEAB, 2008), Rosa fragmentada (1995), Burdelianas (1994), y Piel de recuerdo (1990).

Ha sido incluido en antologías y revistas literarias de Colombia, Venezuela, Argentina, Puerto Rico, Estados Unidos y España. Cuentos y textos suyos sobre Escritura Creativa han sido traducidos al inglés, al francés y al portugués. Ha ganado varios premios entre los que se destacan: Premio de Novela CEAB, 2015. Premio Bienal de Novela Corta Universidad Javeriana, 2012. Premio Nacional de Cuento convocado por el Ministerio de Cultura y dirigido a directores de RENATA, años 2011 y 2012. Premio Nacional de Cuento Universidad Central, 2012. Premio Libro de Cuentos, CEAB 2012. Premio Libro de Poemas, CEAB 2007. Premio Nacional de Poesía Universidad Metropolitana de Barranquilla, 2002.

Fue Director del taller de cuento “Ciudad de Bogotá” de 2009 al 2014, Director de talleres de RENATA Tunja de 2007 al 2009, Director del Taller de Creación Literaria de la UPTC de 2004 al 2007, entre otros. También ha sido docente de escrituras creativas en programas de pregrado y maestría.

Actualmente es el director y editor general de Burdelianas Poetry; y escribe una columna de opinión en el periódico El Diario.

PREMIOS Y RECONOCIMIENTOS

2025

  • Ganador en el Área de Literatura Convocatoria “Artistas Aguinaldo Versión 70 Años” Alcaldía Mayor de Tunja, Secretaría de Cultura, Turismo y Patrimonio Territorial (comunicado oficial de Resultados de la Convocatoria).
  • Su cuento "Artificios" fue uno de los diez finalistas del 7º Concurso Internacional de Microrrelatos “Círculo creativo”, convocado por la Fundación Círculo Creativo en Burgos, España, edición 2025. Con publicación en Libro Antológico.
  • Ganador Convocatoria Noche de los Museos II, Tunja, categoría Literatura con el proyecto "101 VECES BREVE | Recital de microrrelato en formato multimedial" (Acta de ganadores).
  • Ganador Convocatoria "Tunja, Tierra de Festivales", con el proyecto "ACRACIA: 3er. Festival Internacional de Literatura de Tunja – FILtu 2025". (Res. 1113, del 22 de agosto de 2025).
  • Ganador primer accésit XI Concurso Literario Internacional Arsenio Escolar, 2025, con el cuento "La casa del fotógrafo"; certamen organizado por la Asociación Literaria Esguevanía, de Torresandino, Burgos, España (Leer noticia).
  • Ganador Convocatoria Territorios Culturales - Programa Departamental de Estímulos y Fomento Cultural 2025, con el proyecto "101 VECES BREVE | Recital de microrrelato en formato multimedial" (Res. 026, del 14 de agosto de 2025).

2024

  • Ganador Convocatoria Noche de los Museos Tunja, categoría de cine con el cortometraje Fight Luchar. (Resolución No. 102694 de 2024).
  • Ganador Convocatoria Territorios Culturales - Programa Departamental de Estímulos y Fomento Cultural, 2024, con el proyecto audiovisual “Maestros de la cultura en Boyacá | Segunda temporada” (Resolución No.00021, del 12 de agosto de 2024).

2023

  • Ganador de la Convocatoria Homenaje al Consejo Editorial de Autores Boyacenses CEAB 30 Años, con el Libro de antología “Harem y otros 100 microrrelatos” (Resolución No. 043, 25 de octubre de 2023).
  • Ganador Convocatoria Boyacá Reactiva La Cultura - Programa Departamental de Estímulos y Fomento Cultural Segundo Semestre 2023, con el proyecto audiovisual “Maestros de la cultura en Boyacá” (Resolución No.039, 28 de septiembre de 2023).
  • Ganador Beca de creación en Literatura CEPAC | Alcaldía Mayor de Tunja con la novela “Hormigas de cristal” (Resolución No. 0551, 4 de septiembre de 2023).
  • Ganador Convocatoria Boyacá Reactiva La Cultura - Programa Departamental de Estímulos y Fomento Cultural Primer Semestre 2023 con el proyecto “Bitácora del fin: 30 años de quehacer poético | Recital y tertulia literaria” (Resolución No. 016, 15 de mayo de 2023).

2022

  • Beca de Fomento de Lectura y Escritura CEPAC con el Taller de narrativa “El veneno del pez globo” | Alcaldía Mayor de Tunja (Resolución 0634, septiembre 26 de 2022).

2021

  • Beca de Creación en Literatura CEPAC con el libro Verano feliz y otros cuentos | Alcaldía Mayor de Tunja (Resolución No. 0468 de 2021, 2 de noviembre de 2021).
  • Ganador Convocatoria de Programa departamental de Estímulos y Fomento cultural | Gobernación de Boyacá – Boyacá Reactiva la Cultura (Resolución No. 25, septiembre 9 de 2021), con el proyecto “CAPICÚA | Taller de narrativa cinematográfica | Escribir cine, ver literatura”.

2020

  • Premio “Comparte lo que somos” | Ministerio de Cultura de Colombia (Resolución 1401, julio 29 de 2020 - Listado de ganadores).
  • Ganador Convocatoria de incentivos “Somos cultura” | Recital “Sin el azul del día”. Gobernación de Boyacá (Acta del 5 de noviembre de 2020).
  • Ganador Convocatoria Estímulos Exprés para Procesos Artísticos y Culturales de la ciudad de Tunja (Resolución 0316, agosto 28 de 2020). Alcaldía Mayor de Tunja | Recital poético.

2018

  • Beca de Creación en Literatura | Novela Peces de nieve | Alcaldía Mayor de Tunja (Resolución 006, julio 16 de 2018).

2015

  • Medalla al Mérito Santos Acosta, otorgada por el Honorable Concejo Municipal de Miraflores Boyacá.
  • Premio de Novela, Consejo Editorial de Autores Boyacenses - CEAB | Libro Gente rara en el balcón.

2014

  • Premio de Cuento, Convocatoria Rock al Parque 20 años, Instituto Distrital de las Artes - IDARTES, Bogotá, con el Cuento Cuatro acordes para Roque Dalton.

2012

  • Premio Bienal de Novela Corta Universidad Javeriana | Libro Alicia Cocaine. Nota de prensa en revista Hoy en la Javeriana, página 10.
  • Premio Nacional de Cuento Universidad Central | Todos amábamos a Monina Klevens.
  • Premio Nacional de Cuento Directores de RELATA, MinCultura, con el cuento ¿Se puede escuchar música en el cielo? (Resolución No. 1995, agosto 31 de 1012).
  • Premio Libro de Cuentos Consejo Editorial de Autores Boyacenses | CEAB | Libro Espiral al Sur y otros relatos.

2011

  • Premio Nacional de Cuento Directores de RELATA, Ministerio de Cultura de Colombia, con el cuento Dalila Dreaming.
  • Beca Ministerio de Cultura Convocatoria para la circulación internacional de creadores, emprendedores y gestores culturales colombianos | Proyecto: Tipología de la minificción en Colombia, Universidad de El Cuyo, Mendoza, Argentina.

2007

  • Premio Libro de Poemas Consejo Editorial de Autores Boyacenses | CEAB | Libro Sin el azul del día.

2006

  • Beca Ministerio de Cultura para realizar el Diplomado en Creación Literaria en la Universidad Central, Bogotá D.C.

2005

  • Elegido como representante de los Artistas boyacenses al Consejo Departamental de Cultura de Boyacá.

2002

  • Premio Nacional de Poesía Universidad Metropolitana de Barranquilla | Libro Saga de los amantes.





Imagen | Pixabay


RÉQUIEM

In my begining is my end.

T.S. Eliot

a mi Madre

I

Ella nació en diciembre, como tú.
Tenía los labios finos, 
el cabello arisco
irisadas las uñas, tristes,
y unos ojos que se atrevían 
a contender con la noche.

No conoció el mar, pero soñó con arrecifes 
con una ciudad submarina
de donde le llegaban cartas
y fuegos artificiales.
No supo de ti, pero te hubiera amado. 

Yo nací de su ombligo sin usura,
como los geranios 
o las begonias de sus manos 
o la tormenta de su cabellera 
o su anticipado cansancio. 


II

Quizá tuvo miedo (se lo diría 
a su almohada) de sí misma, y de los otros
y de un aséptico juego de cubiertos
que desde un armario la recrimina, todavía. 

Quizá en alguna tarde de calor 
intentó el ocio (que el mundo 
caminara solo) mientras atendía 
al pícaro dragón
que bajo la piel le molestaba.

Quizá se procuró salidas 
y puestas de sol (tenía algo de bestial
y de miel en sus pezones)
porque como tú, 
estaba hecha de fuego.


III

Ella murió en junio.
Sus pasos se repiten, huecos, 
en el patio de una casa 
que no fue suya (no fue nuestra)
y donde mi corazón la espera. 

De la ceniza de sus manos
renacen las flores que amó 
(como a su hombre) 
con un amor insensato.

En la plaza, un ocobo 
recuerda su sombra 
y la confunde 
con la de una mulata
que, como ella, 
fue princesa y 
fue olvido, y viceversa. 




Sin el azul del día (poemas)
Carlos Castillo Quintero
Ediciones Premios CEAB
2008


Pablo Picasso | Mujer con cuello de armiño (Olga) (1923)

Y hay un espejo que te aguarda en vano.
Jorge Luis Borges, Límites
I
Desde que cerraron la fábrica de vestidos para muñeca de Míster Klevens, él se la pasa en los parasoles del Marie Rogêt  jugando póker. Nosotros vamos a verlo porque es gringo, porque nos brinda de su paquete de Virginia Slim Rosé  y porque a veces nos regala monedas de veinticinco centavos de dólar. Eso decimos, pero en realidad vamos para ver a Monina.
            Monina Klevens es más grande que nosotros, está en sexto, y mata las tardes de calor nadando en la piscina del Club Social. A las siete de la noche baja, con el cabello todavía húmedo, y antes de que llegue a recoger a su papá nosotros la sentimos: Pequeño Alf se pone a silbar un tema de los Beatles, Germán comienza a sudar, yo enciendo el cigarro que me ha ofrecido Míster Klevens y antes de que ella bese la mejilla rosada de su papá ya estamos adentro, jugando billar.
            Germán, el mayor de los tres, ya cumplió dieciséis años y lo único que quiere en la vida es entrar a la policía para ser piloto de helicóptero. Primero quería ser ciclista pero desde que vimos el rostro ensangrentado de Lucho Herrera, cuando se cayó en la etapa del Tour entre Autrans y Saint-Étienne, le entró miedo.
Pequeño Alf se la pasa fumando bareta y le importa un carajo todo. Estudia porque su mamá lo tiene chantajeado con el cuento de que si le hace tener malos genios le va a dar el tercer ataque de trombosis, y se muere. El segundo ataque le dio hace como dos meses: nos fuimos en bicicleta hasta Zetaquira, y Pequeño Alf se salió de la casa con las llaves y dejó a todo el mundo encerrado. La mamá de Pequeño Alf está vieja, tiene la cara torcida y a todos nos da miedo de que de verdad se muera, por culpa nuestra.
Yo sólo quiero irme de aquí. Quiero ir a Nueva York a estudiar Artes, y ver a algún cantante famoso —Mick Jagger, por ejemplo— caminando por la Quinta Avenida cogido de la mano de una muchacha que lo mire como si él estuviese en una tarima, en mitad de un concierto (en mis sueños soy yo quien camina con Monina, y la mira); o a Bogotá para vivir con Enrique, mi hermano mayor, estudiar en la Nacional y pasar  las tardes con él, en Abbott & Costello, bebiendo cerveza y escuchando Rock and roll; y para acompañarlo a las reuniones del Sindicato. En últimas quisiera ir a Medellín para unirme a la tropa de Gonzalo Arango, pero el profeta hace años que se murió, y aquí ni siquiera hay dónde leerlo. Este pueblo es una cárcel sitiada por el Páramo del Vijagüal.
—Hola viejo —le dice Monina a su papá, en inglés, y sus palabras en mis oídos son pequeños aviones de papel.
Míster Klevens se despide de todos, sonriente, y se van. Nosotros salimos a la puerta del café y los vemos atravesar el parque: él, muy alto, caminando sobre sus botas de suela ancha, con sus pantalones caqui hasta la rodilla, como una jirafa feliz; y ella prendida a su brazo, segura, en sandalias, vestida con una bata estampada con pececitos de cristal que la brisa de la noche pega a su cuerpo. Se va levitando sobre los adoquines repletos de flores de ocobo.
Antes de irse, Monina voltea a mirar y sonríe: sus ojos verdes se detienen un momento en los míos —eso creo— y siento que me falta el aliento, el sol que hace más de una hora se ha ido vuelve a entrar por las ventanas del billar, y siento que brilla más que nunca, y esa noche fijo no puedo dormir. Entonces le echo la culpa al millón de luciérnagas, al griterío que arman amándose en el solar de mi casa, en el reverso de la lluvia, como caníbales.
II
Cuando llueve, este pueblo es el más miedoso de la Tierra. Antes del aguacero las golondrinas revoletean en la parte de arriba del cielo; los copetones van de un árbol a otro, conversan, y en familia se recogen en sus nidos. Las ratas de monte —negras y pardas— corretean entre los cafetales, salen de los restos de maíz, emergen del empedrado del Camino Real, brotan de la labranza y uno llega a pensar que por aquí hay más ratas que gente. Las viudas preparan olletadas de tinto y se meten entre las cobijas a escuchar por radio las aventuras de Arandú el Príncipe de la Selva, a dormir, a pensar en el amor —a solas—, y a soñar que los muertos están definitivamente muertos, o bien dormidos, y que esa noche no vendrán.
Aquí, en este pueblo, la lluvia no crece como los niños en el vientre de su mamá, o los geranios en las macetas, sino que comienza de una sola vez: las esclusas del cielo se abren y toneladas de agua caen sobre las tejas de barro, sobre las tejas de zinc, sobre las tejas de eternit, en gavilla, y arman un alboroto de los mil demonios.
En días como esos, los asiduos del Marie Rogêt  van al mezanine del café y desde allí ven cómo la lluvia castiga los parasoles, busca las acequias del parque y se precipita hacia la plaza de mercado arrastrando las flores de ocobo: las blancas, las rosadas, las amarillas, todas… como si bien abajo, en el río, alguien estuviera preparando un perfume y hubiese hecho un pedido urgente.
El viejo Basilio —el dueño del café— que es aficionado a los cuentos de Edgar Allan Poe, cuando llueve duro no presta ningún juego. En esas ocasiones apaga la rocola, saca un viejo ejemplar de «Narraciones extraordinarias» y se pone a leer en voz alta: hace genuflexiones, brota los ojos, manotea, cambia el tono de la voz…  tratando de meterle miedo a su auditorio. A quien no lo escuche, no le vuelve a dar servicio en el café, lo condena al exilio del Marie Rogêt  que es como si lo echara del pueblo, o por lo menos deja de fiarle por un tiempo. Míster Klevens es el único que no lo escucha, impune. Él se queda abajo, ubica una mecedora en la puerta principal, y, en silencio, bebe whisky, fuma un Virginia Slim Rosé  tras otro, y sus ojos se van con la lluvia, más allá del parque, de la plaza de mercado, del río… Van y se quedan en Saint Lois, en un viejo navío sobre el Mississippi, en los ojos de una mujer que amó, y que tenía la misma mirada feliz de Monina cuando camina tomada de su brazo.
III
Son las seis de la tarde. Es domingo, día de mercado. Fin de mes y llueve. Y cuando llueve en este pueblo, la nariz se le atranca a uno con el olor de la lluvia, que es igual de espeso que el olor del miedo. Temes entonces por lo que pueda bajar de la montaña cabalgando sobre el agua: cuerpos, cabezas, torsos, brazos, uñas todavía atrapando su último ramalazo de luna. Temes, y no sirve de nada cerrar los ojos, menos lanzarse en paracaídas al canto de tu mamá: ella también está asustada porque sabe mejor que tú que mezclado con el torrencial —y con el miedo— llega el olor de la sangre que doblega los pulmones, penetra, ataca, jode, y te pones mal. Es domingo y del cielo cae una balacera de agua que acobarda hasta a los perros gordos y matones que cría el papá de Germán para que le cuiden la finca.
Y uno siente que de verdad se va a acabar el mundo, que todo está perdido, que ya nunca voy a desayunar contigo, Monina, leyendo prensa, bebiendo café, escuchando Led Zeppelin o Pink Floyd mientras nuestros hijos de cachetes rosados como los de tu papá, dan tumbos sobre la alfombra —todos felices— allá, en nuestro pent-house de la Quinta Avenida, en las alturas, apartados del ruido y el afán.
IV
Llueve y los árboles tiemblan. Mi mamá tiene miedo y al igual que las viudas escucha radio —pegada al tubo del lavadero, para que la emisora sintonice mejor— esperando que Arandú  la salve. Porque es domingo. Fin de mes y llueve y todos sabemos que mi papá en días como hoy toma, y cuando escampe de pronto se le ocurre venir. A mí, al verla temblar, me dan ganas de volar, allá, a la parte de arriba del cielo en donde se la pasan las golondrinas, para que apenas empiece el torrencial pueda subir, subir hasta desaparecer, como ellas.
Pero hoy no tengo miedo, como esa noche. También era domingo. Fin de mes. En la mañana con Jefer, Nelson, Pequeño Alf y Germán habíamos estado jugando banquitas. Después, con mis hermanas, fuimos a matiné, al Teatro Esquivel, y vimos «Santo y Blue Demon contra el Doctor Frankenstein». 
Hoy me siento más fuerte que Blue Demon y quiero que venga, para que mi mamá ya no tenga que temblar nunca más. Ya entrada la tarde recogimos los canastos con el mercado y nos fuimos para la casa. Por la noche, borracho, llegó él y porque intenté defender a mi mamá, o simplemente porque se le dio la gana, con el cuchillo de la cocina me cortó una oreja. No me duele el muñón, ni el “chino marica” que esa maldita noche escupió en mi rostro, tampoco me molestan las burlas de mis compañeros de curso. Lo que odio es su risa, y me duele que las matas de mirto hayan sido sus cómplices y que no me devuelvan la oreja.
V
Después de que lo encontraron muerto, ahogado en la Mocacía, mi mamá pudo entrar a trabajar en la fábrica de vestidos para muñeca de Míster Klevens, y le fue bien. Ahora que era viuda se puso linda, como cuando joven, y no volvió a escuchar en la radio las aventuras de Arandú el Príncipe de la Selva, ni a tener miedo. Pero al año siguiente cerraron la fábrica y Enrique se la llevó a vivir con él, en Bogotá. Y todos nos fuimos del pueblo y no regresamos jamás.
Allá quedaron los amigos que siguieron creciendo, y se hicieron hombres para alimentar la peste de asesinos que escudados en la lluvia y el petróleo llegaron años después. Quedó la colección completa de las historias de Tintín que, por turnos, leíamos en la Biblioteca María Morales. Quedó la sombra macabra reflejada en el estanque de patos de la cruz de roble que un alcalde mandó plantar en mitad del parque principal, custodiada por los ocobos, para celebrar las matanzas de la Violencia. Quedó Kalimán enseñándole al pequeño Solín que quien domina la mente lo domina todo, Tío Rico y sus tres sobrinos, Memín, Batman, la Mujer Maravilla y todas las demás historietas que después de que cerraron la fábrica y mi mamá se quedó sin trabajo nos dieron para comer. La Cuentería  que montamos fue el único lugar que durante unas semanas —del último año que vivimos en el pueblo— llegó a ser más concurrido que el Marie Rogêt  en donde Míster Klevens, más fiel que todo el mundo, siguió sentado en la mecedora, viendo llover, bebiendo whisky y fumando sus mentolados que, en un paquete marcado cuidadosamente con caligrafía de mujer, le llegaban por correo todos los meses desde Saint Lois. Esas semanas fueron las del Tour de Francia del 85 cuando Fabio Parra y Lucho Herrera hicieron el doblete y pasaron la meta, tomados de la mano, en la etapa de Lans-en-Vercors. En la Cuentería  vendimos los cromos del Tour, y las fichas más apreciadas eran las de los integrantes del Equipo Varta-Café de Colombia. En ese año hasta el viejo Basilio llenó álbum.
También quedó todo aquello que no te dije, Monina. Quedó el piropo que ahogué en mis intestinos porque pensé que jamás ibas a querer a alguien como yo, pobre y sin oreja. Si hubiese reunido el valor suficiente, te hubiera esperado a la salida del Club Social y te habría dicho: Tú eres mi media naranja mecánica perfecta, pronunciando cada palabra con voz de duro. Ya de novios —mientras te dibujo saliendo de la piscina, de medio lado, secándote el pelo con una toalla, o saltando en un solo pie para que el agua salga de tu oído— te habría contado de mis deseos de estudiar Artes, de mi odio irracional por los perros chiquitos —los pekineses, sobre todo—; y de mi frustración porque la naturaleza no me permitió tener una melena, una barba y una pinta como la de John Lennon en las fotos de los Beatles cruzando el paso de cebra de la londinense calle de Abbey Road. Seguro hubieras pasado tu mano suave y blanca por mi cabello chuto, me habrías besado en la boca y hubieses pronunciado alguna frase cordial, algo lindo en inglés, como una canción compuesta por Paul McCartney, concierto de pequeños aviones de papel que hubiesen despegado de tus labios volando —ahora sí— en exclusiva para mí. Quedaron mis luciérnagas, copulando, y sus hijas, y las hijas de sus hijas y sus hijas y sus hijas… todas con el culo lleno de luz, iluminándoles la vida a gentes que no saben de ti.
También quedó la sombra de todo lo que vino después, mi vida, que ya no tiene sentido contarte:
Ese día lluvioso de diciembre que no olvido, en el que me separé de una mujer que no me amaba; y ese otro día triste —también decembrino— en el que Mark David Chapman le encajó cinco disparos a John Lennon, frente del Dakota Building, en Nueva York, ciudad de neón que todavía no conozco. Quedan mis días en Bogotá, viviendo con una mujer que lee a Chéjov, con dos hijos ajenos y tres gatos siameses, en una casa a la que se llega por una calle estrecha que tiene el aspecto de una abandonada carretera lunar.
En ese pueblo, ahora tan ajeno para mí, quedaste tú, Monina, quedó Míster Klevens, y el Marie Rogêt, café que ya nadie recuerda, y donde ahora funciona una franquicia de Pizza Nostra.
También quedó Nelson —el que después se fue a trabajar en un trasatlántico, hizo fortuna, y ahora vive en New Jersey dedicado a cuidar a su hijo de cinco años— el mismo que una tarde me llamó por celular exclusivamente para contarme que Pequeño Alf había muerto, hacía años, de una traba con ácido muriático, químico doméstico con el que su mamá limpiaba la estufa; su pobre mamá vieja y caritorcida que veintitrés años después aún no le ha dado su tercer ataque de trombosis, y a quien le importa un bledo que hoy te esté contando, Monina, que en aquellos lejanos días, apenas abandonada la infancia, todos amábamos a Monina Klevens.




Todos amábamos a Monina Klevens y otros cuentos
Carlos Castillo Quintero, et al
Ediciones B
2012

Este relato obtuvo el Premio Nacional de Cuento Universidad Central, Taller de Escritores - TEUC, 2012.

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